viernes, 23 de noviembre de 2018

Infobae - Tendencias - La vuelta del churro: las mejores propuestas para disfrutar en la Ciudad

La vuelta del churro: las mejores propuestas para disfrutar en la Ciudad

Este año, los churros entraron en las cartas de los grandes restaurantes, abrieron churrerías y deliverys que le hacen honor a este gran producto con el cual los españoles hicieron leyenda. Dónde probar los más ricos
Los churros de La Churretería
Los churros de La Churretería
Por Silvina Reusmann
Todo aquel que haya pisado alguna vez la costa argentina sabe que el grito del churrero en la playa era uno de los sonidos más hermosos de las vacaciones. Pero por algún motivo desconocido, los mejores solo se conseguían ahí, en el resto del país, los churros nunca estuvieron a la altura de los costeños. Hasta ahora.
Este año, los churros entraron en las cartas de los grandes restaurantes, abrieron churrerías y deliverys que le hacen honor a este gran producto con el cual los españoles hicieron leyenda.
Juan Pedro Caballero
Este pequeño y pintoresco local de Palermo presenta un variado menú de churros clásicos y otros inspirados en conocidos postres. "Queríamos poner en valor un producto que forma parte de los argentinos, que aunque está arraigado en la cultura porteña se estaba perdiendo", contó Pedro Peña, uno de los dueños de Juan Pedro Caballero. "Nosotros ofrecemos los churros como se deben hacer, hechos en el momento, eso hace la diferencia". Aunque los rellenos de dulce de leche y pastelera son los favoritos, muchos se animan al de Lemon Pie, al Banana Split o al de Chocolate amargo y peperonccino, tres bombas deliciosas y contundentes.
¿Dónde? Thames 1719, CABA.
Chuck Bs As
Al poco tiempo de aparecer en Instagram, sin una dirección pero con fotos muy tentadoras y la promesa de un rápido delivery, Chuck BsAs explotó. Catalina Quintera, una de sus creadoras, no esperaba un éxito tan contundente. "El feedback fue impresionante, hay semanas que no damos abasto, en especial cuando está feo o llueve, esos días todos se quedan en casa y ¡quieren churros para comer!", contó. Aficionada a la pastelería, no encontraba un lugar donde vendieran churros ricos y bien hechos como los clásicos madrileños y se decidió hacer los suyos. Hoy, tienen más de 12500 seguidores en las redes y, el año próximo, planean abrir un local por Palermo. Por ahora, se consiguen por mail o mensaje directo.
¿Dónde? Pedidos por mensaje directo de Instagram @chuckbsas
La Churretería
En un barrio tan clásico como San Telmo no podía faltar un local que hiciera honor a este noble producto y este año abrió La Churretería, donde además de los infaltable rellenos de dulce de leche y pastelera, bañados o no en chocolate, también hay churros salados. Finitos y largos, sabrosos y frescos, como deben ser servidos. Marcelo Pardal, uno de sus dueños, tampoco podía creer la enorme y rápida aceptación que tuvieron los churros y cuenta que uno de los lugares donde más se venden sus churros, es en Puerto Madero.
¿Dónde? En el Mercado de San Telmo, Carlos Calvo 495, CABA.
Fábrica de Churros Olleros
Ubicado a una cuadra de la estación Lacroze, la Fábrica de Churros es una institución del barrio. Por la mañana, ya desde la esquina se percibe el aroma de los churros que esperan ser devorados por los ávidos comensales que bajan del tren y, antes de subirse al subte, se llevan un par, a veces acompañados por alguna bola de fraile. Un desayuno contundente y que sirve para toda la mañana.
¿Dónde? Olleros 4167, CABA.
Hell's
Los churros no son solo furor en Buenos Aires. Desde hace un tiempo también suelen aparecer en las cartas de los restaurantes de moda, en especial en Estados Unidos. Y subidos a esta tendencia, en la pizzería Hell's decidieron acompañar esta idea y sumaron a su menú los minichurros con dulce de leche, uno de los postres favoritos del lugar.
¿Dónde? Humboldt 1654, CABA.
Mengano
En este bodegón moderno de Palermo, decidieron subir un poco la apuesta y en vez de los clásicos churros dulces optaron por presentar una propuesta más jugada: se trata de un matambre de wagyu relleno con un churro de batata, romesco y jugo de hinojos asados. Sabores jugados en una bella presentación que pinta para quedarse en carta por mucho tiempo.
¿Dónde? José A. Cabrera 5172, CABA.
El Topo
Uno de los clásicos de la costa son los churros de El Topo, cuyos vendedores, infatigables, aún hoy caminan la playa al grito de "¡churros!". Y ciertamente son de los mejores que se pueden conseguir por la zona, aunque más de uno, llegue con un toque de arena. Nada importa. Gracias a los hijos de los socios, los locales fueron multiplicándose hasta llegar al barrio de Belgrano, en Buenos Aires, donde aseguran ser fieles a la receta original.
¿Dónde? Virrey del Pino 2617, CABA.
El Burladero
Alejo Waissman, chef propietario de El Burladero, no dudó nunca que tenerlos en su carta. Tan fáciles de hacer como ricos, los churros ya son un emblema del lugar. La mezcla se prepara todos los días y se fríen en el momento. "La calidad de toda la materia prima es importante. Para que salgan ricos es fundamental usar aceite que no haya sido usado con otro alimento para que no transmita sabores indeseables y para lograr una textura crocante es necesario tener el aceite a 180° y cocinarlos el tiempo necesario de acuerdo a su tamaño", aseguró.
¿Dónde? Uriburu 1488, CABA.
Link a la nota: https://www.infobae.com/tendencias/2018/11/23/la-vuelta-del-churro-las-mejores-propuestas-para-disfrutar-en-la-ciudad/

Planeta Joy - Comer - 3 recetas simples con queso azul

3 recetas simples con queso azul

El queso azul -más conocido como Roquefort- es ideal para sumar a platos simples como pizzas y hamburguesas; aquí compartimos tres recetas.
Aunque queso azul y queso Roquefort se usan como sinónimos, el Roquefort es un tipo de queso azul, ya que el nombre hace referencia a una denominación de origen; para su elaboración se utiliza leche de cabras de las zonas circundantes a la ciudad de Roquefort; es decir que para llamarse así el queso debe provenir de Francia.
Cuando se siguen métodos productivos iguales, pero se utilizan otras leches, como la de vaca, y se elaboran en otras zonas, pasa a llamarse simplemente azul.
Junto con San Ignacio, empresa elaboradora de este tipo de queso, te acercamos tres recetas para incorporarlo a tus platos diarios sin complicarte la vida:
HAMBURGUESAS COMPLETAS CON QUESO AZUL
Ingredientes:
• 250 g de Queso Azul San Ignacio
• 1 cda de aceite de oliva
• 2 cebollas moradas
• 2 cdas de azúcar rubia
• 4 panes de hamburguesas
• 4 hamburguesas caseras de carne
• 150 g de panceta en fetas
• 4 cdas de Queso crema San Ignacio
• 2 cdas de ciboulette picado
• Rúcula c/n
Procedimiento:
1. Cortar las cebollas en juliana y saltearlas en una sartén con el aceite de oliva y el azúcar rubia hasta que estén cocidas. Reservar.
2. Cocinar las rodajas de panceta vuelta y vuelta en una sartén hasta que estén crocantes. Reservar.
3. Cocinar las hamburguesas. Una vez cocidas, en la misma sartén, colocar por encima el queso azul en láminas y dejar que se funda.
4. Por otro lado mezclar el queso crema con el ciboulette picado y salpimentar.
5. Armar las hamburguesas con el pan, colocando la hamburguesa con el queso azul ya derretido, las cebollas caramelizadas por encima, las pancetas crocantes, la rúcula y por último untar con el queso crema y el ciboulette. 
6. Colocar por encima la corona de pan y servir acompañada de papas fritas.
PAPAS GRATINADAS CON QUESO AZUL, PANCETA Y VERDEO
Ingredientes:
• 200 g de Queso Azul San Ignacio
• 3 cdas de Queso crema San Ignacio
• 2 cdas de aceite de oliva
• 5 papas grandes
• 150 g de panceta ahumada
• 2 cebollas de verdeo
Procedimiento:
1- Cortar las papas en cuña y colocarlas en una placa apta para horno rociada previamente con aceite de oliva.
2. Cocinarlas de ambos lados en un horno medio a fuerte hasta que estén cocidas.
3. Por otro lado, mezclar el queso azul con el queso crema y formar una pasta cremosa.
4. Cortar la panceta en pequeños cubos y picar la cebolla de verdeo. Reservar.
5. Una vez listas las papas, colocarlas en un recipiente contenedor apto para horno y colocar por encima la pasta cremosa de queso azul.
6. Agregar la panceta y llevar a un horno medio a fuerte (180 ºC) durante 10 minutos aproximadamente.
7. Retirar del horno y espolvorear con la cebolla de verdeo picada. Servir. 
 
PIZZA DE QUESO AZUL, PERAS Y RÚCULA
Ingredientes:
• 500 g de harina 000
• 25 g de levadura de cerveza 
• 1 cdita de sal
• 1 pizca de azúcar 
• 25 cc de aceite
• 300 cc de agua
• 200 g de muzzarella
• 150 g de Queso Azul San Ignacio
• ½ atado de rúcula 
• 2 peras
• C/n de salsa de tomate 
• 1cda de aceite de oliva
Procedimiento:
1. En la mesada hacer una corona con la harina. Colocar en el centro la levadura de cerveza desgranada. La sal y el azúcar por los bordes.
2- Sobre la levadura añadir el aceite y el agua tibia.
3. Comenzar a amasar hasta que la masa no se pegue en la mesada. Tapar y dejar leudar hasta que duplique su volumen.
4. Armar bollos y estirar sobre una pizzera aceitada.
5. Pintar con salsa de tomate y llevar a horno previamente precalentado hasta precocinar la masa. Una vez, lista retirar y agregar la muzzarella rallada, el queso azul desgranado y las peras cortadas en cuartos.
6. Cocinar en horno fuerte hasta gratinar.
7. Una vez bien cocida, espolvorear con rúcula y aceite de oliva. 
Link a la nota: https://www.planetajoy.com/?3_recetas_simples_con_queso_azul&page=ampliada&id=10508

Infobae - Sociedad - Fueron novios por Skype, se juntaron y crearon la primera empresa de alfajores en Nueva Zelanda

Fueron novios por Skype, se juntaron y crearon la primera empresa de alfajores en Nueva Zelanda

Ella es argentina y él uruguayo. Se conocieron en Israel pero debieron distanciarse, hasta que se mudaron a Oceanía y emprendieron un negocio inédito. "Buscamos que todos los ciudadanos puedan probar nuestros alfajores", dijeron a Infobae
En Wellington, Nueva Zelanda, eran las 13:14 del jueves y en Argentina aún el miércoles no se había terminado. Maika Kischitzky, a miles de kilómetros de Buenos Aires, atendió su teléfono: "¿Me llamás en media hora? Estoy volviendo a casa y ahí va a estar mi novio, podemos hablar los tres", dijo a Infobae. Ioni Dmoch es el hombre en cuestión: uruguayo, de 25 años, de novio con una joven rosarina con quien -además- comparte la sociedad del éxito: juntos crearon la primera fábrica de alfajores neozelandesa.
My Alfajores nació por el afán de satisfacer un deseo personal. "Soy dulcera y quería comer alfajores. Siempre me gustaron. Siempre digo que si no hubiese estudiado la licenciatura en Turismo tendría una pastelería. Y bueno, hice eso. Busqué la receta y preparé todo. Cuando los terminé, vi que estaban muy buenos y los compartí en una página de sudamericanos que viven en Nueva Zelanda, a través de Facebook. Y al rato ya me estaban preguntando dónde los había comprado, diciéndome que ellos también querían".
My Alfajores nació para satisfacer las ganas de Maika y se convirtió en un emprendimiento
My Alfajores nació para satisfacer las ganas de Maika y se convirtió en un emprendimiento
Las palabras de Maika, oriunda de la ciudad de Rosario, son el relato de una serie de sucesos impensados: "Ese mismo día, con Ioni, creamos otra página de Facebook con las fotos de los alfajores. Y empezaron a llover los pedidos. Fue tremendo", advirtió la mujer que conoció a su novio, nacido en Montevideo (Uruguay), en un viaje de estudios a Israel, lugar al que él se mudó cuando tenía 18 años y en el que debió permanecer hasta terminar el servicio militar obligatorio.
"Empezamos a mantener una relación por Skype. Eso duró un año y medio aproximadamente. Nos veíamos 20 días cada 5 o 6 meses. Una hora por día hablábamos y nos mirábamos. Fue una época difícil porque se hizo duro estar tan lejos. Pero estábamos enfocados en lo nuestro: yo terminar el servicio militar y ella la facultad. Fue una motivación eso. Sabíamos que tarde o temprano íbamos a estar juntos", sostuvo Ioni.
Maika e Ioni se conocieron en Israel y desde hace un año y medio viven en Nueva Zelanda
Maika e Ioni se conocieron en Israel y desde hace un año y medio viven en Nueva Zelanda
El camino hacia la creación de los alfajores estuvo marcado por aventuras, vivencias y obstáculos. "Teniamos ese bichito de viajar, conocer otros lugares. Cuando por fin pudimos reencontrarnos fuimos para Argentina y trabajamos en un food truck propio, en la provincia de Córdoba. También anduvimos por Israel. El hermano de Ioni nos contó de Nueva Zelanda, y todo lo que escuchamos era desconocido para nosotros. Entonces nos decidimos y vinimos para acá. Nos otorgaron la visa Working Holiday para trabajar y estar de vacaciones durante un año", recordó Maika.
Y agregó: "Vivimos en la Isla Norte, en un lugar muy bello. Y trabajamos juntos en la temporada del kiwi, que es la fruta nacional neozelandesa y la primera en cuando a exportación. Trabajámos en una casa empaquetando kiwi. Eran 12 horas, seis días por semana. Fue un gran esfuerzo pero el rédito fue grande: ahorramos mucha plata que supimos administrar y con eso empezar a movernos".
El sueño era viajar por el Sudeste Asiático durante un tiempo indeterminado, gastando lo ahorrado. Pero los planes cambiaron. "Nos mudamos a Queenstown. Trabajamos en hoteles", explicó Ioni, quien juntó cerca de 30 mil dólares neozelandeses (cerca de USD 20.500), al igual que su novia. "Después de aquella experiencia nos mudamos a Wellington (capital neozelandesa) y ahora estamos aquí, despertándonos cada día enfrente de un lago hermoso y con la montaña de fondo", agregó ella.
El dulce de leche que utilizan es de una marca uruguaya
El dulce de leche que utilizan es de una marca uruguaya
El municipio en el que viven obligó a la pareja a alquilar una cocina por hora para poder cocinar los alfajores. "Seguimos con una visa provisoria y necesitamos una cierta cantidad de dinero para que nos permitan abrir un negocio y poseer una marca. Nosotros tenemos otro trabajo y le dedicamos tres días a la semana a los alfajores. Pero la 'municipalidad' exige el alquiler de una cocina, con los instrumentos, así que la alquilamos por hora y cocinamos todos los pedidos", explicó Maika.
Ioni remarcó: "Tenemos dos días libres a la semana. Allí compramos la materia prima, armamos, horneamos y empaquetamos en casa. Es todo un esfuerzo muy grande. Cocinamos alfajores de chocolate negro y blanco con relleno de dulce de leche. Los típicos marplatenses. Y también de maicena". Pueden llegar a hacer 800 alfajores por mes, los cuales se venden en docena (USD 20 la tradicional y USD 17 la de maicena) y media docena (USD 12 y USD 10).
“Típicos alfajores marplatenses”, así describieron a las dos variedades que venden. También hacen de maicena
“Típicos alfajores marplatenses”, así describieron a las dos variedades que venden. También hacen de maicena
"El tema del dulce de leche fue un problema. Al principio no lo conseguíamos y lo cocinábamos nosotros. Había que traerlo de Australia y era muy caro, entonces lo hacíamos. Pero cuando nos mudamos de ciudad conseguimos una marca uruguaya muy buena y compramos ese. Realmente es un producto muy bueno, quizás está mal que lo digamos nosotros pero nos han dicho que compite -en gusto- con uno muy famoso en Argentina que empieza con H. A ese nivel", contó Maika.
La pareja buscará aplicar una visa que les permita emprender un negocio más grande. "Tenés que presentar un plan de negocios, demostrar que estás en familia o con tu pareja y que tenés un flujo de caja de 120 mil dólares de acá (casi USD 82.000). Más allá de acomodarnos mejor y asentarnos en este proyecto, buscamos que todos los ciudadanos puedan probar nuestros alfajores. Y sabemos que vamos a lograrlo", concluyó Ioni.
Link a la nota: https://www.infobae.com/sociedad/2018/11/22/fueron-novios-por-skype-se-juntaron-y-crearon-la-primera-empresa-de-alfajores-en-nueva-zelanda/

Clarín - Gastronomía - Una temporada en Francia

Una temporada en Francia

Mi vida es una sucesión de esperas, les explicaba  uno por uno a mis colegas, antes y después de las comidas.

I - El saludo viril
Llegué a Fuveau, a pocos kilómetros de Marsella, invitado por la alcaldía, para participar de un programa cultural que conecta a los habitantes de aquel pequeño pueblo francés con escritores de todas partes del mundo.
El sitio es hermoso, el aire es puro, la comida sencilla y sabrosa, y la gente amable. Pero uno de mis oyentes resultó excesivamente amable.
Una de las peores partes de cualquiera de mis conferencias es cuando, una vez que he concluido, se me acerca el tropel de personas a hacerme todas las preguntas que no realizaron en el momento indicado. Mis conferencias duran mucho más después de que las termino que mientras suceden.
En este caso en particular, se me acercó un hombre de unos sesenta años, descendiente de griegos, que me felicitó- hasta allí pude entender- en francés y continuó hablándome en ese idioma, del que no conozco más que una decena de palabras. Para despedirse, me aplicó un golpe seco en el cuello, sonriéndome. Se suponía que era una suerte de abrazo viril, de caricia paternal, pero casi me rompe el pescuezo y me dolió durante el resto de la noche.
Di dos conferencias más, y en las dos volvió a acercarse el sexagenario, aplicándome, en ambos casos, siempre con su sonrisa y su evidente amabilidad, el desagradable golpe en el cuello.
Le escribí prácticamente desesperado a mi amigo Otis: “Me está yendo muy bien”, le expliqué, “Pero un fan sexagenario, muy amablemente, me secciona el cuello después de cada conferencia. Y no sé qué hacer”.
“Debes responder con un saludo idéntico”, respondió Otis de inmediato a mi mail. “Con la misma sonrisa, golpéale la nuca una vez. Verás cómo cambia de saludo”.
Lo que ocurrió fue que el día del reportaje público en la plaza del pueblo, en cuanto todos se marcharon y el sexagenario se acercó a saludarme, detuve su mano con mi mano y apliqué el golpe seco de saludo en su nuca.
El hombre me miró con una expresión de sorpresa indefinible y cayó hacia atrás como un árbol talado. Le tomé el pulso y acerqué mi oído a su boca. Ya nunca más saludaría a nadie con su golpe en el cuello.
Se ve que yo no era el único al que saludaba de ese modo, porque en los dos días restantes no escuché a nadie preguntar por él.
II - El orden social
Luego que me hube deshecho del molesto saludador de cuellos, me quedaba otro problema a resolver para poder realmente disfrutar de la maravillosa gastronomía de Fuveau, al Sur de Francia, en la Provenza.
Éramos algo más de cien escritores y se suponía que todos debíamos comer al mismo tiempo. Literalmente. No me refiero a comer en el mismo comedor, o a la misma hora, o la misma comida, cosa que en todos los casos hacíamos, naturalmente. Sino a que antes de que el primero que había recibido su plato pudiera probar un bocado, debía aguardar a que lo hubiera hecho el último.
De modo que si recibíamos un plato de pastas humeantes, para cuando llevábamos el primer capelletti a la boca ya estaba frío como un cadáver. Por el contrario, si nos servían una copa de vino beaujolais helado como aperitivo, para cuando sorbíamos civilmente el líquido rosado parecía una sopa o un ponche.
Intenté explicar por las buenas mi desacuerdo con este absurdo. Mi vida es una sucesión de esperas, les explicaba uno por uno a mis colegas, antes y después de las comidas. ¿No podrían al menos, durante estos días de esparcimiento en Francia, librarme de esta celda conceptual maoísta por la cual no comerá el primero hasta que no coma el último? ¿Qué quieren que haga con el plato recién servido delante de mis narices? ¿Que converse con él? Si me toca ser el último, no tengo problemas en que ustedes coman primero. De hecho pueden venir comidos desde su habitación. O incluso comer mucho después que yo. Lo único que les pido es que, cuando me sirvan el plato, me dejen comer.
Ni los organizadores ni los escritores conciliaban con mis argumentos. Finalmente, un viernes, me paré encima de una mesa, entoné La Marsellesa y llamé a rebelarnos contra las costumbres burguesas. “El París del Mayo del 68”, exclamé, “el de la Revolución Francesa, el de Rockoletion, no puede dejarse arrastrar por este convencionalismo opresor. ¡Que cada cual coma cuando le llegue el plato!”.
Los escritores de todas partes de Francia, muy ofendidos, replicaron que no estábamos en París y que, precisamente en honor a los jóvenes rebeldes del Mayo del 68, debíamos comer todos al mismo tiempo, como predicaban los maoístas por aquel entonces. Me bajé de la mesa derrotado.
En las dos noches restantes, me fugué sigilosamente y me oculté en el fast food de hamburguesas de la famosa firma norteamericana. Es cierto: no eran los apios de la campiña ni los champiñones recién extraídos; y además debía pagar con mi propio dinero. Pero comía en el momento en que me daban la comida: el queso gratinado y las papafritas crujientes. Y gracias al maravilloso sistema por el cual uno paga antes de comer, para cuando me sentía lleno simplemente me iba a dormir sin tener que hablar con nadie.
III - La sal de la tierra
Concluida mi estadía en Fuveau, la generosa editorial que me publicaba en Francia me invitó a pasar una noche en París.
En París todo es un poco más caro que en la Argentina. Por ejemplo, para tomar un capuccino en el café Des Magoux tuve que presentar una garantía de un francés nativo y dos meses de recibo de sueldo. Lo bebí amargo para ahorrar en el sobre de azúcar, que costaba lo mismo que un Ingenio zafrero tucumano. De todos modos, me quedé a lavar la taza de la que había tomado. Por suerte me pagaron bien y, con un par de euros que agregó la editorial, pude abandonar el bar sin contratiempos.
Esa misma noche me llevaron a una de las brasseries históricas del boulevard Saint Germain, justo en frente del Café de Flore, donde comían Sartre, Simone de Beauvoir, y un argentino llamado Piccinini, que nunca escribió un libro, pero al que todos recordaban porque, a diferencia de los dos famosos escritores, les dejaba propina a los mozos.
Cuando me trajeron mi elección, un bife a la tártara (que en rigor no es más que 250 gramos de carne cruda a temperatura ambiente), al que apodé “sushi de vaca”, y pedí el salero, la editora me hizo un gesto negativo con el dedo. El mozo, por su parte, se retiró a paso rápido como si alguien lo hubiera llamado.
“En este restaurant”, me explicó mi traductora, “se jactan de preparar los platos a la perfección: no se les debe agregar ni un grano de sal ni de pimienta”.
-¿Y Tabasco? -pregunté.
La traductora, escandalizada, hizo que no con la cabeza: debíamos comerlo tal como lo traían. ¡Yo estaba desafiando a siglos de cocina gala! ¡Asterix y Obelix me harían saber su disgusto!
-No entiendo -continué en voz baja-. Derribaron a la monarquía, inventaron la guillotina... ¿Pero se sienten ofendidos si le agrego un grano de sal a la comida?.
Tanto la traductora como la editora me indicaron en silencio que comiera y me dejara de molestar. Fingí que se me caía un botón, zigzagueé por entre las patas de las mesas, y emergí por las cercanías de la cocina, donde había visto que se apilaban los saleros, los pimenteros y las aceiteras.
Regresé a mi mesa. En cuanto incliné el salero noté que era de utilería, y comenzó a sonar la alarma.
Me deportaron por intentar salar la carne cruda en la famosa Brasseire donde comían Sartre y Simón de Beauvoir. Pero los mozos van a recordarme, igual que a Piccinini, por mi invención: el existenciasaladismo.
Link a la nota: https://www.clarin.com/espectaculos/temporada-francia_0_ABuehjMoq.html