lunes, 26 de junio de 2017

Clarín - Sociedad - Los chefs que defienden la "vera cucina italiana"

Los chefs que defienden la "vera cucina italiana"

Una nueva generación de cocineros buscar recuperar en Argentina la tradición que, según ellos, se había perdido. 
Los chefs que defienden la "vera cucina italiana"
Tal vez con cierta cuota de resignación, las nuevas generaciones de ítalo-argentinos empiezan a aceptar que algunas cuestiones de la tradición gastronómica que sus antepasados acuñaron de este lado del océano no son del todo fieles a las de la península: pizza de masa hinchada y queso chorreante, pastas blanditas en un mar de salsa, inventos como los sorrentinos... Los primeros en señarlarlo fueron referentes como Pietro Sorba, Donato De Santis o Deni de Biaggi, y hoy aparece una nueva camada de jóvenes cocineros italianos que defienden la trinchera de la vera cucina italiana.

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“El tema es simple y, obviamente, complejo a la vez”, analiza Sorba, periodista y crítico enogastronómico, curador de la V Semana de la Cocina Italiana en el marco del ciclo Verano Italiano. Y detalla: “Es evidente que existe una conexión profunda entre Italia y Argentina, la cultura italiana, la italianidad y también la idea de que acá se come italiano. Es curioso que en un lugar como nuestro país, que está a 11 mil kilómetros de distancia, la pizza tenga esta fuerza y esta presencia que tiene acá. Lo mismo con las pastas u otras recetas que, están presentes. Al queso de la pizza acá le decimos ‘muzarela’ y en Italia se llama mozzarella; el de rallar acá es reggianito y allá parmigiano reggiano; la mortadela... Si uno empieza a observar con atención, es un modelo que llegó con los inmigrantes y con el tiempo se fue modificando, fusionando, distorsionando, hasta tomar dimensión propia en algunos casos”.
Los chefs que defienden la "vera cucina italiana"
Alberto Giordano, chef de Ike Milano, llegó de Milán a la Argentina en 2013. (Foto: Lucía Merle).
Hay factores que ayudan a entender el porqué de ciertas modificaciones en este proceso de “argentinización” de la tradición italiana. Por un lado, la interpretación que hizo la inmigración española -en general al frente de bodegones y restaurantes- de las recetas que traían sus vecinos. Por el otro, el impacto lógico de pasar de una tierra arrasada por la guerra a otra en la que siempre hubo abundancia de productos básicos (de calidad discutible, es cierto, pero la referencia viene a cuenta de la cantidad).

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Leonardo Fumarola, chef de L’Adesso de Palermo, nació en el pueblo de Martina Franca, creció en Roma y llegó a la Argentina en 2009. “Lo primero que hice fue visitar a un amigo, Norberto D'Oro, que tenía el restaurante D'Oro en la calle Perú. Era de los pocos que hacían cocina italiana regional de verdad, la mayoría de los restaurantes de acá de italiano tenían solo el nombre y a veces hasta con errores. Hay errores de nombres en los menús, como por ejemplo cuando ponen caprese con dos “s” o el invento de platos inexistentes en Italia como la scarparo o los sorrentinos. Pasa en todo el mundo, como los spaghetti con albóndigas o la Caesar Salad en Estados Unidos“, repasa.
En 2009 también se mudó a nuestro país Daniele Pinna, hoy al frente de La Locanda , en Recoleta. “El primer restaurante donde comí cocina italiana-argentina estaba en Las Cañitas. Recuerdo una picada enorme y los fiambres no tenían nada que ver con los que comemos en Italia. El plato de pastas era enorme, pasado de cocción y lleno de salsa. No es que fuera malo, pero no es la verdadera identidad italiana. Como la pizza: allá es individual, no es que no la compartimos, pero cada uno elige su gusto. Como es liviana, se puede comer una entera por persona”, expone.

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La explosión gourmet de los últimos años potenció un cambio gracias a varios factores: un comensal más informado, la llegada de cocineros italianos que no están dispuestos a resignar sabores ni técnicas y el crecimiento de una nueva cultura de producto que, mediante la importación o el desarrollo local, permite revivir tradiciones como la del vermú y los aperitivos, y acceder a materias primas de primera calidad.
Oriundo de Milán, Alberto Giordano llegó al país en 2013 y con 23 años abrió Ike Milano en Martínez. “En cuanto conocí la gastronomía italiana de la Argentina me di cuenta de que había ciertas diferencias que tienen que ver con las costumbres locales. Acá se utiliza menos sal y tienen un punto de cocción diferente para la pasta. Me tomó un tiempo acostumbrarme al paladar argentino. Hay cuestiones que tienen que ver con las costumbres y otras con los productos disponibles en el mercado local. Aquí no están acostumbrados a que la pasta sea de sémola, tan común en Italia, y sí de trigo común, entonces no sale al dente. Cuando la comen así, tienen la sensación de que está cruda. El otro punto es que acá le agregan queso sin importar si, por ejemplo, tiene frutos de mar. ¡Eso en Italia no se haría nunca”, compara.
Los chefs que defienden la "vera cucina italiana"
Daniele Pinna, chef de La Locanda, es parte de una nueva generación de chefs italianos en Buenos Aires (Foto: Ariel Grinberg).
La pregunta, entonces, es qué proponen para recuperar la verdadera gastronomía italiana en sus restaurantes. Fumarola explica: “Lo correcto es hablar de cocina regional y no de cocina italiana, porque cada región tiene productos y recetas propias. En los años 90 hubo una gran influencia de la cocina francesa y en todas las preparaciones se utilizaba crema y manteca. Por suerte se dieron cuenta de que no era lo bueno y así nació la nueva cocina italiana, sobre todo de la mano del maestro Gualtiero Marchesi, con menos grasa, cocciones rápidas, vegetales con color y más. Es un poco el concepto de L'Adesso: recetas de la abuela pero alivianadas o platos en los que se casan preparaciones de dos o más regiones distintas”.
Para Pinna, lo más importante es respetar el proceso de elaboración de Italia. Giordano, por su parte, opina: “Creo que viene todo de la elección de productos de primera categoría y poner la cultura de mi tierra, Cerdeña, esforzándome al máximo para que se note que es la identidad de La Locanda, afirma. “Brindo una carta con platos de tradición italiana y, a su vez, estoy incorporando cada vez más productos importados para que la gente pueda experimentar el sabor original”.
¿Rituales, tradiciones o costumbres sagradas para la experiencia gastronómica all'uso nostro (okey, vuestro)? “Un buen aperitivo, como un Aperol Spritz, un clásico de Italia, antes de empezar una cena. Un rico helado con un digestivo como una grappa al finalizarla. Y un ristretto al terminar”, resume Pinna.
Habrá que hacerles caso.
Un poco de verano en Buenos Aires, al menos en la mesa
Con temperaturas de un dígito, suena irónico hablar de “Verano Italiano en Buenos Aires”, pero se trata de una propuesta de actividades diversas (espectáculos, conferencias, gastronomía) para acercarse a la cultura de la península durante el mes de junio. “La comida no puede faltar porque es parte profunda de su cultura y un fenómeno mundial. Solamente en salames, Italia es el primer exportador del mundo, también el primer productor y exportador de vino. Exportan producto, exportan cultura y exportan una manera de pensar la comida”, resume Pietro Sorba. Más info en Facebook: Verano Italiano en Buenos Aires.

La Nación - Vida&Ocio - Pedro Picciau: blanca y radiante

Pedro Picciau: blanca y radiante

La ricota casera forma parte del relleno de unos cullingiones, herencia de los saberes tradicionales de Cerdeña
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LA NACION
DOMINGO 25 DE JUNIO DE 2017
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Sumerge un colador de malla finísima dentro de la olla que contiene 10 litros de leche ordeñada más temprano. A medida que lo levanta, los grumos de la ricota se desprenden del suero líquido y aparecen blancos, untuosos. Sólo verlos y la promesa se agiganta: en breve, el paladar podrá saborear esa textura singular, ese sabor neutro, apenas dulce, lácteo. "La ricota (recocida en italiano) se llama así porque se cocina dos veces. Habitualmente se elabora con el suero que queda al separar la cuajada en la elaboración de quesos blandos, como la mozzarella. Ese suero se calienta y luego se corta con algún agente ácido. Yo prefiero el limón, es natural. A diferencia de la ricota industrial a la que se le pone ácido acético. No es que sea malo, es vinagre de alcohol, pero prefiero el jugo natural de la fruta. También podemos hacer ricota desde la leche, como ésta que estoy haciendo ahora. ¡Es tan fácil de hacer en casa y cambia tanto la textura y la calidad del plato final! Para mí es un sabor de toda la vida, en Cerdeña, donde nací, se utiliza mucho. En mi casa se hacía de leche de oveja, era lo que teníamos."
Foto: Rodrigo Ruiz Cianica
Pedro Picciau se dispone así a preparar unos cullingiones, una pasta sarda rellena, muy típica de la gastronomía de la isla italiana. "Hago todo el proceso, desde la ricota hasta la masa, todo. Es una receta de mi abuela que me enseñó mi madre", cuenta.
El chef domina la cocina de Italpast, su restaurante en la ciudad de Campana que acaba de cumplir 22 años (J. de Dellepiane 1050, Campana). Mientras filtra la ricota, Mona, su esposa, lo acompaña y asiste. Se ríen juntos, recuerdan anécdotas. Es así desde que tienen memoria.
La identidad de la cocina de Picciau se apoya en los pilares sólidos de las tradiciones, en las recetas que aprendió de las mujeres de su familia; en la formación ("aprendí mucho con Lello Sorrentino, él trajo la cocina mediterránea acá") y de sus viajes. Así se fue forjando su mano. Hoy, sin dudas, es uno de los referentes de la cocina italiana y su trabajo también es reconocido en todo el mundo (al cierre de esta nota Pedro participaba del Italian Cuisine World Forum 2017, en Italia).
Detrás de Pedro se cocina despacito una olla de 50 litros de salsa de tomate fresco. "Acá no vas a ver ni una lata, todo se hace natural", dice. Una vez filtrada, deja descansar la ricota en un bol sobre un paño, para que siga escurriendo. A la hora de mezclar los ingredientes del relleno abrirá -con mucho cuidado- un recipiente mínimo que contiene azafrán de Cerdeña: "Una joya".
Foto: Rodrigo Ruiz Cianica
Mientras tanto, ya tiene lista la masa de los cullingiones descansando en la heladera, sólo falta estirar y rellenar. Arma la pasta, quita el aire con el canto de la mano y corta con la ruedita. Y uno por uno, vuelve a estirar el borde, para que no quede grueso. "Hay que apretar los bordes para que vuelvan al espesor original. Si no, tendrán doble masa y eso en la boca no es rico. Es un truco viejo de las casas de pastas; para que pesen más. Yo no lo comprendo, pero sucede. Incluso cuando le pedí al que me vendió la máquina raviolera que me la calibrara a 0,7 milímetros, él no lo podía creer. Me decía: "No, Pedro, te van a salir ravioles livianitos". Y sí, justamente, eso es lo que quiero", dice.
En las tiendas italianas, la ricota suele venderse en forma de cuenco invertido, la forma del molde en el que se dejó escurrir. A diferencia del queso, es un producto rápidamente perecedero y para alargar su vida útil, puede someterse a varios procesos. "Se puede salar; también ahumar, la llamamos ricotta affumicatta y es una delicia. O hay otra forma que es secarla al horno (ricotta infornata), queda sólida, se puede rallar sobre las pastas y es una maravilla", explica Pedro.
¿Qué aporta la ricota a la cocina?
Textura, sabor, untuosidad, volumen para los rellenos. Y su sabor neutro asimila muy bien cualquier sabor que se le agregue. La frescura marca la calidad. Si no es fresca se pone amarilla, cambia el tenor ácido, sólo con el olfato te das cuenta de que no está bien. La ricota casera comparada con la industrial se hace con suero que sobra de la elaboración de quesos, no con leche. Y el agente ácido no es limón, sino que es ácido acético, es artificial, es el vinagre de alcohol. No es nocivo, pero yo prefiero el limón.
Foto: Rodrigo Ruiz Ciancia
¿Los cullingiones son un clásico de la cocina sarda?
Sí, se les pone azúcar para que sean un poquito dulces y se sirven con una salsa liviana de tomate fresco. Cullingione es una palabra sarda, nosotros tenemos un dialecto que no tiene una palabra de italiano. Prepararlos me trae muchos recuerdos, son parte de mis platos de infancia. Hay otro plato típico de Pascua, las pardulas, que tienen un relleno similar, se hacen como un pañuelito abierto y también llevan ricota, azafrán y miel, es un dulce.
Italpast acaba de celebrar sus 22 años y sigue creciendo. ¿Te imaginabas que llegarías hasta aquí?
No, para nada. Hoy tenemos claro que vamos hacia la excelencia; pero cuando nació no teníamos esas pretensiones. Era una rotisería, chiquita. Empezamos con mesas de plástico en la vereda. Primero abrí una fábrica de fideos y pasta seca. Nos fundimos. Después empezó el delivery y vendíamos pasta al mostrador y pizza. La gente se paraba y nos pedía si podía sentarse a comer en algún lado. Ganó la pasta, siempre gana la pasta. Hoy tenemos Italbar, Italpast, el delivery sigue abierto y acá en Campana producimos para nuestro local en La Reserva Cardales.
¿Comemos mejor cocina italiana que antes?
Puede ser: hay más productos. Esta es una cocina de la mamma y de la nonna, lo que veo es que cada vez se incorporan más hombres a la cocina, eso me gusta. Nosotros vamos hacia la excelencia, ése es nuestro camino.

Planeta Joy - Inutilísima - Un bocado con historia: 6 curiosidades sobre el alfajor

Un bocado con historia: 6 curiosidades sobre el alfajor

Un libro cuenta el trayecto que recorrió el "souvenir de la patria", desde su creación hasta las recetas más modernas y actuales. Imposible leerlo sin tentarse de comer un par.

En Alfajor Argentino, historia de un ícono ($440), Jorge D'Agostini explica los orígenes de este bocado que todos amamos, revela recetas antiguas y presenta paso a paso nuevos y originales, cuenta las rutas gastronómicas que se pueden recorrer por el país y mucho más. Imposible leerlo y no salir corriendo al kiosco.



Luego de dos años de investigación, el autor presentó un libro que deja en claro por qué el alfajor es parte del patrimonio argentino. Como un adelanto, te contamos seis curiosidades sobre esta delicia. Mirá.

-“En las copias de las copias de las crónicas de la conquista española y sus consiguientes desembarcos en tierras de América, es posible enterarse de que, entre los alimentos que traían, estaba el alfajor de origen andaluz”. Sin embargo, no se parece en nada a lo que nosotros llamamos alfajor. Con el tiempo, se produce una criollización hasta que se convierte en nuestra delicia tradicional.

-El alfajor está en el gen de nuestro país. En la planta alta de la casa en que los constituyentes redactaron nuestra Constitución Nacional funcionaba el almacén de ramos generales de Merengo que vendía alfajores. “Muchos de los constituyentes, de retorno a sus provincias, llevaron de recuerdo alfajores, siendo así los pioneros en incorporarlo como souvenir”, explica el libro.

-En la década del `20, se instalan los primeros quioscos en Buenos Aires. Aparecen en el centro de la ciudad con diseño similar a los de París. Con el tiempo, también aparecen en los barrios. Siempre venden el “alfajor del barrio”. Esta extensión impulsó la apertura de fábricas de golosinas y la consiguiente industrialización de los alfajores. Los grandes pioneros fueron El trébol (1934), Santa Mónica (1939), Guaymallén (1944), Nelack (1947), La Cuyana (1952), Eolo (1955), Mar Feliz (1958), Capri (1959), entre otros.

-El alfajor es una de las comidas regionales de nuestro país y su receta varía en cada lugar. El santafecino tiene tres tapas finitas de masa quebradiza y salada, está relleno con dulce de leche y tiene un baño de glase, azúcar o merengue italiano. Por su parte, el cordobés tiene masa esponjosa y una preponderancia el relleno con mermeladas frutales, mientras que el marplatense se caracteriza por sus tapas compactas y tiernas que se desgranan en la boca.

-En la década del 80, el mercado del alfajor creció un 600% ¿Por qué? “Las grandes empresas productoras de alimentos y galletitas desembarcaron en el negocio de las golosinas, dedicadas a imponer sus alfajores y sus marcas”. Para eso, “realizaron grandes campañas publicitarias con presupuestos enormes para presupuestos enormes para televisión, especialistas en marketing, innovadores diseños de packaging y centenares de encuestas a consumidores”.

-El primer recetario nacional fue publicado en 1880. Por supuesto, El Almanaque de la Cocinera Argentina explicaba cómo preparar los alfajores de queso de Virginia Pueyrredón Sánchez de Pelliza, una receta de 1849. Decía: una pulgada de agua en una cacerolita, queso rallado hasta que se une, se forma una torta, y asío las que quieran se hacen los alfajores con dulce de membrillo disuelto en vino de Jerez y almendras o nueces pisadas, en los contornos se envuelven en galleta seca, bien rayada o “fariña cernida”.



La muestra del alfajorDel jueves 13 al 31 de agosto, se llevará a cabo la muestra Alfajor Argentino, historia de un ícono en la Sala Altos de Elorriaga del Museo de la Ciudad, ubicado en Defensa 185, San Telmo. Se podrá visitar de lunes a domingo de 11 a 18 horas, con entrada gratuita.

La Nación - Vida&Ocio - Patagonia al natural

Patagonia al natural

Cuidada gastronomía, para admirar las aguas de Villa La Angostura
PARA LA NACION
DOMINGO 25 DE JUNIO DE 2017
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Acaba de cumplir cien años el hoy Correntoso Lake & River Hotel, que data de cuando recién comenzaba Bariloche, allá por 1917. En 1922 el refugio de madera contaba con los servicios necesarios para los pescadores deportivos de truchas del cortísimo río Correntoso, que une el lago homónimo con el Nahuel Huapi. En 1936, el hotel era ya lo mejor de la Patagonia, y hoy muestra excelencia, refinamiento y confort en su magnífico y recientemente inaugurado edificio de piedra y madera. Europeos de tradición hotelera instalaron desde entonces la buena gastronomía de la zona, partiendo de la pensión de Doña Rosa, esposa del fundador, Primo Capraro.
Hoy comandan las cocinas el gerente de Alimentos y Bebidas, Sergio Mercado -de acuerdo con los actuales propietarios, Alex y Andrea Laurence- y el también joven chef Emmanuel de Mendonça, ambos de completa y nutrida formación en el país y el exterior. Los sitios gourmets del hotel hacen propuestas tentadoras, todos los ambientes con fantásticas vistas sobre el lago y la cordillera. El salón para el espectacular desayuno y el té tan tradicional en Patagonia, el elegante wine bar y el restaurante Belluno, como los demás ambientes del hotel y sus habitaciones, están puestos con finura y a todo confort, sin lujos superfluos, según los estándares de la hotelería internacional. En el Puerto Correntoso, el más informal y encantador refugio de montaña, que fuera la pensión de Doña Rosa, al pie del hotel y sobre el embarcadero, se come al calor de los fuegos o al aire libre, y se arman canastas de picnic para los caminantes.
Las truchas madres arcoíris, o truchones, criadas especialmente y pescadas en el brazo del Correntoso, según las reglas internacionales, son especialidad, así como el "cordero de la Patagonia". Imperdible la pata al horno de barro (para compartir, $ 670), o braseado con hummus, vegetales y reducción del jugo (360). También, risotto grillado al limón con langostinos (200), rillette de cerdo con mostaza y reducción de cerveza negra (190), lomo de ternera al curry ahumado, legumbres y ajos agridulces (340) y mollejas laqueadas coin cremoso de cebollas.
Cocina de producto regional, influencia italiana y técnicas francesas, platos muy generosos, delicada presentación, cuidado servicio y puesta impecable marcan el nivel de la gastronomía del Correntoso Lake & River Hotel.

Correntoso Lake & River Hotel

Dónde: Av. Siete Lagos 4505, Villa La Angostura, Neuquén.
Teléfono: (0294) 154-619728/29.
En Buenos Aires: 4803-0030
El plato: mollejas laqueadas con cremoso de cebollas
Precios: La Hora del Té, para dos ($ 950), con carta completa de tés e infusiones
Postre: especialidad, Ensemble Correntoso -mouse, marquise, brownie, trufa y volcán de chocolate-, para compartir (340)
Vinos: carta completa de bodegas que incluye las patagónicas Humberto Canale, Chacra, Noemia, Fin del Mundo; champagnes franceses y los mejores argentinos
Wine bar: imperdible. Alcoholes legítimos y carta de tragos del bartender. Tapeo

La Nación - Vida&Ocio - Cómo se cosechan las trufas, el diamante negro argentino

Cómo se cosechan las trufas, el diamante negro argentino

Este hongo comestible crece bajo el suelo y, gracias al aroma que desprende, es encontrado por perros en las amplias hectáreas de las truferas
PARA LA NACION
SÁBADO 24 DE JUNIO DE 2017
El aroma de la trufa atraviesa (literalmente) la tierra
El aroma de la trufa atraviesa (literalmente) la tierra.
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CHILLAR.-Ilex tiene dos años y medio, su pelo es color caramelo, claro y brillante. Cruza de Pointer con Golden, es una perra juguetona, que husmea, pide mimos, salta. Sí, como todo perro joven y cariñoso. Pero Ilex tiene una habilidad especial.
Desde la pequeña lomada pueden verse parte de las 7500 hectáreas que abarca la estancia La Esperanza, en el centro de la provincia de Buenos Aires, a cuatro kilómetros de Chillar, partido de Azul. A lo lejos se perfilan grandes cultivos de granos, también ganado vacuno e incluso un gran tambo, que procesa 30.000 litros de leche al día. Pero en esta lomada, donde Ilex quiere corretear, sólo hay pequeños robles (de la especie Quercus robur) y encinas (Quercus ilex, de ahí el nombre de la perra), de unos ocho años de edad, podados para que crezcan lentamente y dispuestos en prolijas hileras.
Ésta es una de las primeras truferas de Argentina (con 15 hectáreas, es la segunda más grande del país), dedicada al cultivo de la Tuber melanosporum, más conocida por su genérico "trufa negra" y aún más por su apodo con denominación de origen incluida, la famosa trufa de Perigord (de Francia).
Se oye un ladrido: es Ilex, exigiendo que la dejen jugar. Pero no a cualquier cosa, sino a un juego en particular, de aromas sutiles y únicos. "Desde que era muy chica, le dimos trapos, pelotas, juguetes, todos impregnados con aroma a trufa", cuenta Pablo Casala, ingeniero agrónomo y administrador de la estancia. "Luego empezamos a esconderle esos trapos, como señuelos, para que los busque". Hoy, Ilex es una de las encargadas de recorrer estas hileras de árboles, para señalar en qué lugar, bajo varios centímetros de tierra, hay una trufa madura y lista para ser recolectada.
La trufa es un hongo comestible, considerado uno de los grandes manjares de la humanidad. De tamaño variable e irregular (a veces, pesa 20 gramos; otras sobrepasa el kilo), cuando está madura es de corteza oscura y poco atractiva, formada por verrugas pequeñas y apretadas. El interior, llamado gleba, también debe ser negro, surcado por innumerables venas blancas. De aroma profundo, concentrado y complejo, se lo utiliza usualmente como condimento, rallado o cortado en finas láminas sobre platos suaves, como huevos, pastas, arroces y papas, donde el hongo logra expresar toda su complejidad. También se lo aprovecha para aromatizar otros alimentos, tan sólo por cercanía, por ejemplo, guardando a su lado huevos frescos, que absorberán el aroma a través de la cáscara.
En época de cosecha, es usual ver en restaurantes muy prestigiosos de todo el mundo cómo el camarero se acerca a la mesa, con una trufa en una mano, una balanza digital y una mandolina en la otra, para cortar a pedido del cliente, y cobrar cada gramo servido. Una ración normal es de 3 o 4 gramos. Y, por su escasez y la gran demanda que existe, los valores (desde el productor) fluctúan, según el momento, la oferta, el país y el mercado, entre los 500 y los 2000 dólares por kilo.
En esta zona bonaerense el clima es frío. Ya en otoño, el pasto amanece bajo una capa de hielo y, ahora, de tarde, tras una jornada de pleno sol, no hacen más de 5 grados. "Acá suele haber 3 grados menos que en Azul", cuenta Omar Peroggi, gerente de la producción agropecuaria de La Esperanza y, desde hace tres años, "buscador de trufas" junto a Pablo Casala. Caminamos detrás de Ilex, que va olfateando el aire y el suelo. "Para ella es un juego, la búsqueda termina cuando se aburre. A veces, dura treinta minutos, a veces una hora y media", explica.
El aroma de la trufa atraviesa (literalmente) la tierra
El aroma de la trufa atraviesa (literalmente) la tierra.
Desde fines de mayo y hasta agosto, mientras haya heladas, estas búsquedas se repiten día tras día. La perra recorre las hileras, hasta que señala un punto en el suelo. En ese lugar se cava suavemente, con una pala puntiaguda, buscando la trufa, con precaución de no romperla.
El aroma atraviesa la tierra. A veces, la trufa estará ahí nomás, casi a la vista. Otras, habrá que agrandar el círculo y llegar más profundo, 20 o 30 centímetros. Lo importante es, primero, sólo descubrirla, sin moverla, para dejar su superficie a la vista. Entonces se la limpia con un cepillo, para ver el color de la piel escondida bajo la capa de tierra. Si tiene tonos rojos, significa que aún le faltan unos días para la madurez; en ese caso se vuelve a tapar, se anota hilera y número de planta, para retornar unos días más tarde. En cambio, si está negra, se cosecha, continuando el pozo alrededor del hongo hasta tomarlo con la mano, desprendiéndolo de la raíz del árbol.
Hongo silvestre por definición, hace ya más de 20 años las trufas comenzaron a cultivarse en el mundo, para suplir una demanda gastronómica creciente e insatisfecha. En Argentina, el primer paso lo dio Trufas del Sur, emprendimiento que desarrolló viveros especializados en la producción de plantas micorrizadas (es decir, con las raíces inoculadas con el hongo). Son ellos los que proveyeron a Trufas La Esperanza, así como a la mayor parte de otros emprendimientos que existen hoy en Argentina. "Hay muchas variables que determinan dónde cultivar trufas. Clima con heladas, terrenos que no se encharquen, disponibilidad de riego. La tierra debe tener un pH mayor a 7. Acá es de 5, entonces se debe agregar cal, que le sube el pH. Así, los nutrientes se fijan al calcio generando partículas grandes, que el árbol no puede aprovechar. Por eso precisa asociarse a la trufa, que tiene la capacidad de disolver esos nutrientes y dejarlos nuevamente disponibles. En un proceso simbiótico, el árbol le da los carbohidratos que requiere el hongo para su desarrollo", explica Omar.
Por ahora, es puro aprendizaje. A La Esperanza han venido especialistas de Chile, también de España, que intercambian experiencias con otros proyectos argentinos. Es prueba y error, con la salvedad de que cada proceso demanda años de experiencia. "Plantamos 400 plantas por hectárea, en filas separadas ocho metros una de la otra. Estamos probando con filas más juntas, pero sabremos si funciona en 10 o 15 años", dice Pablo.
La idea de cultivar trufas en La Esperanza nació de Alexis de Noailles, francés que vivió más de 30 años en Argentina, ocupándose de esta estancia familiar, heredada de su abuela. "Alexis falleció hace tres años", cuenta Diane, su esposa. "La trufa es un símbolo muy francés, a su vez él tenía mucho amor por Argentina y era una forma de unir ambas cosas. Por suerte, poco antes de morir, llegó a ver la primera trufa que encontramos", dice. Ya en 2016 cosecharon 20 kilos que se vendieron en el mercado interno, entre restaurantes y consumidores. Desde pequeñas piezas de 30 gramos hasta una gigante, de más de 600. Este año, las que se vienen encontrando son de menor tamaño.
La venta del primer año la hizo Diane: "Fui con mi canasta a Buenos Aires, a presentarme a los cocineros. El primero fue Jean Paul Bondoux, lo encontré en la calle y le mostré las trufas. Quedó maravillado y me compró todo. Volví corriendo a mi casa, busqué más y seguí vendiendo. Al final compraron muchos lugares, como Sofitel, Roux, Four Seasons, Palacio Duhau, Aramburu y Sottovocce. Ellos ofrecen la trufa fresca para cortar sobre sus pastas, como un extra", describe Diane mientras se acerca la noche, la temperatura baja y el viento golpea.
Es tarde; Ilex ya no quiere seguir jugando. La cosecha irá creciendo (en cantidad y en aroma) a medida que avance el invierno. Ya habrá tiempo para cosechar; mañana será otro día, y otra búsqueda.