martes, 10 de enero de 2017

La Nación - Arquitectura - Cinco cafés históricos y emblemáticos

Cinco cafés históricos y emblemáticos

Nada como, en plena exploración urbana, permitirse una pausa para tomar algo en una mesa con historia. Aquí, algunos lugares notables, destacados en el reciente Libro del Café
DOMINGO 08 DE ENERO DE 2017

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Desde la recolección del grano hasta la última tendencia entre los baristas, El libro del café es una oportuna fuente de consulta para la creciente legión de cafeinómanos. Publicado por Editorial Catapulta en las últimas semanas de 2016, se trata de un trabajo de la periodista de LA NACION y especialista en gastronomía Sabrina Cuculiansky. Aborda tanto aspectos técnicos -secado, tostado, tipos de granos-, como tips para su preparación en el hogar y un repaso por las distintas olas históricas del consumo (hasta la actual, la del slow coffee, con métodos de filtrado y baristas especializados). También incluye un recorrido por las cafeterías más importantes del mundo, apartado del que acá publicamos un fragmento.

ELS QUATRE GATS

Carrer de Montsió 3, Barcelona, España
La escuela de un grande
Pablo Picasso no siempre fue el reconocido pintor que hoy admiramos. En sus comienzos, el artista tuvo que trabajar mucho para destacarse y, entre los encargos que recibió, realizó las tapas de los menús de Els Quatre Gats, un cabaret-restaurante donde se hacían tertulias y reuniones de arte. La oportunidad le llegó por su amistad con el dueño del bar, Pere Romeu, quien decidió ayudar al pintor debido a su ajustada situación económica. Además, lo dejó realizar allí su primera exposición de cuadros.
Este lugar, que abrió en 1897, se constituyó como un estandarte de la vanguardia cultural de la ciudad de Barcelona y hasta tuvo su propia revista, Quatre Gats, de la que salieron quince números.

CAFÉ DES DEUX MOULINS

15 Rue Lepic, París, Francia
El fabuloso destino de París
Des Deux Moulins, en París
Des Deux Moulins, en París. Foto: LA NACION
Su nombre hace referencia al famoso cabaré Moulin Rouge y al molino de viento Moulin de la Galette, ambos ubicados en las cercanías de este café en el barrio de Montmartre. En 2001, saltó a la fama a nivel mundial, o al menos entre los cinéfilos, a partir de la película francesa Amélie: allí trabaja y se enamora su entrañable protagonista.
El lugar conserva la fachada, los neones del interior y la puerta del baño, con el recordado letrero que dice "Toilettes". En cambio, ya no están ni el vidrio sobre el que Amélie escribía el menú del día ni el kiosco donde Georgette vendía tabaco y se enamoró de Joseph.
Con la excusa de probar una irresistible crème brûlée, cientos de turistas de todo el mundo desfilan cada día por las mesas de este pequeño café para acercarse, al menos por un rato, al fabuloso destino de Amélie Poulain.

CONFITERÍA COLOMBO

Rua Gonçalves Dias, 32, Río de Janeiro, Brasil
Aquella belle époque
Café Colombo
Café Colombo. Foto: LA NACION
Entrar en este café es lo mismo que sumergirse en la historia de Brasil y remontarse al año 1894, cuando Manuel Lebrão y Joaquim Meirelles abrieron este lugar en una de las calles más exclusivas de Río de Janeiro.
Alrededor de sus mesas, hechas en madera de jacarandá, se sentaron personajes ilustres de todo el mundo, como el rey Alberto de Bélgica -cuando estuvo de visita en la ciudad, en 1920- y la reina Isabel de Inglaterra, en 1968. El lugar, de estilo nouveau y con el mobiliario original de época, forma parte del patrimonio histórico y artístico de Río de Janeiro.

CAFÉ FLORIAN y QUADRI

Piazza San Marco, Venecia, Italia
Ayer, hoy y siempre
Café Florian
Café Florian.
Cuando el visitante abre el menú del Café Florian, lo primero que lee es el siguiente texto de bienvenida: "Italia es el país más hermoso del mundo. Venecia es la ciudad más hermosa de Italia. Piazza San Marco es la plaza más hermosa de Venecia. El Café Florian es el más hermoso de Piazza San Marco. Por lo tanto, usted está tomando un café en el lugar más hermoso del mundo".
Si bien su presentación puede parecer grandilocuente, las personalidades que lo visitaron desde su inauguración, allá por 1729, le dan su aval: Lord Byron, Marcel Proust, Charles Dickens, Ernest Hemingway y Federico Fellini, entre tantos otros.
El Café Florian también se posicionó como vanguardista en materia de derechos: fue el primer bar en Italia que permitió el ingreso de las mujeres.
Desde que abrió, en 1775, la cafetería Quadri es sinónimo de elegancia y prestigio. Ubicada sobre la plaza San Marco, al igual que el café Florian, mantiene con este una histórica y divertida disputa.
El Quadri, en Piazza San Marco
El Quadri, en Piazza San Marco. Foto: LA NACION
¿A qué se debe la enemistad? En primer lugar, cuando estas dos cafeterías abrieron, ambas ofrecían música en vivo, por lo que se disputaban el público que transitaba por esa plaza, una de las más famosas del mundo. Para llamar la atención, las orquestas solían subir el volumen pisándose unas a otras para hacerse notar.
Pero también hay otro rumor al que se le adjudica tal rivalidad y que nos remite al siglo XIX. Parece que, un día, el compositor alemán Richard Wagner abandonó el Quadri, cruzó la plaza y se sentó en una mesa del Florian porque no quería encontrarse con su colega Giusseppe Verdi, con quien tenía una muy mala relación.
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/1973342-cinco-cafes-historicos-y-emblematicos

lunes, 9 de enero de 2017

Revista Brando - Germán Martitegui y la cocina del futuro

Germán Martitegui y la cocina del futuro

El cocinero argentino más elogiado de los últimos años comienza una nueva etapa en su vida laboral: involucrado en un trabajo de investigación sobre productos, productores y ecorregiones de nuestro país, explica por qué la fama y la competencia pueden ser motores de crecimiento personal. 
El cocinero argentino más elogiado de los últimos años comienza una nueva etapa en su vida laboral: involucrado en un trabajo de investigación sobre productos, productores y ecorregiones de nuestro país, explica por qué la fama y la competencia pueden ser motores de crecimiento personal.
  • Germán Martitegui traza las líneas de lo que vendrá

Por Tomás Linch / Fotos Eugenio Mazzinghi 
Germán Martitegui no tiene la llave de su restaurante. Y la llave es un elemento importante porque todo lo que se ve desde afuera de Tegui no es más que una puerta negra y una pared bombardeada de esténcil. En el frente de su local, sobre la calle Costa Rica, no hay ventanas ni vidrieras, no hay toldo, alfombra ni recepción. Ni siquiera una ventanita con el menú, para saber qué se come y a qué precio. Si no fuera el restaurante mejor calificado de la Argentina, si no fuera el número 9 en la lista de los mejores 50 del continente y el número 68 entre los mejores del mundo, cualquiera podría decir que se trata de otro local a puertas cerradas de la Ciudad de Buenos Aires. Son las tres de la tarde cuando el chef toca el timbre de su propio restaurante. Lleva un traje azul sobre una remera azul y zapatillas grises. No lleva chaqueta de cocinero ni un estuche con cuchillos, no está tatuado en los brazos, ni tiene una gorra, ni profesa esa prolija desprolijidad del prototipo del cocinero joven y amante de la cocina callejera. Germán Martitegui está impecable, como siempre. Nunca se lo ve transpirado, ni sucio, aun después de terminar un menú para casi 100 personas en el que se sirvieron 600 platos. Si no fuera porque su cocina está atravesando un gran momento de expansión, si no fuera porque su imagen ha invadido los televisores de cientos de miles de argentinos, cualquiera podría decir que se trata de una persona fría y reservada por demás. 
El hermetismo de su restaurante no es casual. Martitegui siem-pre fue algo introvertido, un poco tímido y un defensor a ultranza de su vida privada. Hasta hace muy poco trabajaba a conciencia para exponerse lo justo y necesario, para que Olsen –el primer restaurante que abrió en 2001– y luego Casa Cruz –en 2004– recibieran la prensa justa y nada más. Todavía hoy, en el menú de 10 pasos que se sirve en Tegui, dice: “El mejor halago que nos pueden hacer es poner su celular en silencio y guardarlo. Guardemos recuerdos, no fotos. Lo que pasa en Tegui queda en Tegui”.–Tegui siempre o casi siempre tuvo gente –dice–. Lo que cambió fueron las pretensiones del público. El 50 Best no tiene ninguna exigencia más que la que uno se pone. Es imposible ser el mejor porque hay mucha gente que hace las cosas muy bien. Pero cuando alguien viene convencido de que sos el mejor, porque una lista le dijo que lo eras, probablemente te exija mucho más. 
–Y vos decidiste ponerte a la altura. 
–Si eso existiera así como lo planteás, sí. Decidí ponerme a la altura. Lo que cambió con el 50 Best es que empezó a venir otro tipo de público, gente que le busca el pelo al huevo. 
–Y con la televisión tuviste que ceder parte de tu tesoro más preciado. 
–Masterchef fue un desafío personal. Nunca había hecho televisión, era una cuenta pendiente y me pareció una buena oportunidad. Siempre fui muy tímido, cada vez que venía alguien con una cámara salía tartamudeando, no quería hacer las notas, quería escaparme. Necesitaba terminar con eso: en la actualidad, ser chef es también comunicar lo que hacés. La gente no solo come tu comida, además te escucha. Fue como haber empezado a jugar al fútbol en primera. De golpe eran 18 horas por día, 12 cámaras, fue un curso acelerado de televisión y de fama. La televisión es otro universo, un mundo paralelo. Tuve la suerte de aprender una profesión completamente nueva en poco tiempo y funcionó. Ya no hay vuelta atrás. 
–¿Qué significa eso? 
–Uno no sabe lo que le va a pasar hasta que le pasa. Yo nunca pensé que iba a ser así. La gente te ve en su casa, te tiene dentro de su casa y cuando te ve en la realidad se emociona, te quiere tocar, sos un amigo al que ven una vez por semana. La vida cambia, hay que aceptarlo y acostumbrarse. Ya no puedo volver a ser anónimo. Por la calle te tiran muy buena onda y a veces es incómodo, porque uno quiere estar comiendo en un restaurante sin que nadie te moleste y esas cosas no te pasan más. 
El cocinero argentino más elogiado de los últimos años comienza una nueva etapa en su vida laboral: involucrado en un trabajo de investigación sobre productos, productores y ecorregiones de nuestro país, explica por qué la fama y la competencia pueden ser motores de crecimiento personal.
  • El chef en su hábitat natural

UNA SÍNTESIS
Germán Martitegui nació en Necochea el 16 de junio de 1966. Y tal vez la infancia en un pueblo chico es parte de lo que determinó su personalidad. Su vocación por la cocina, en cambio, es producto de la relación con sus abuelas. Parece un lugar común, pero es real: sus recuerdos lo trasladan hacia un niño parado en puntas de pie en la cocina, tratando de alcanzar los ñoquis que su abuela materna hacía descansar toda la noche en sémola para generar una película que les aportara una textura especial. Hay un detalle, con todo esto, que marca también cierto abordaje obsesivo de su profesión o, mejor aún, de su relación con los sabores: el chef ha decidido nunca más comer ese plato, para no transitar la desilusión que significa no poder repetir la situación original. –La conexión hoy es abuela nieto –dice–. Nuestras madres fueron las madres de la invención del lavarropas, hay una generación para la que estaba bueno el supermercado, la comida congelada, el micro-ondas. Tiene sentido, eso las liberaba para que pudieran estudiar y trabajar. Pero es una lógica que tenemos que revisar. 
La cocina de Martitegui no termina allí. Los ñoquis de su abuela son apenas el punto de partida. Su trabajo tiene también una profundidad técnica envidiable y una exhaustiva investigación sobre los productos que lo han llevado a una síntesis única de la cocina argentina. Germán estudiaba Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador –quería ser diplomático– cuando su mejor amigo, Hermes, le propuso armar una empresa de Catering. Entonces llegó a la casa de quien fue su mentora, Beatriz Chomnalez. Germán pasó semanas y meses junto a Beatriz, hasta que fue ella quien le dijo: “Te vas de chef a un hotel en Bariloche”. Y así fue, Martitegui tenía 19 años. Después de dos años, viajó a Francia y a Estados Unidos –Los Ángeles–, donde logró mejorar y entender qué estaba pasando en el mundo. A su regreso, comenzó una nueva etapa de su formación con su segundo mentor, Francis Mallmann. 
–¿Podría decirse que tu cocina es el resultado de una síntesis entre la escuela estricta y francesa de Chomnalez y el vuelo creativo de Mallmann? 
–Yo no sería nadie sin ellos. Se los digo cada vez que los veo. Beatriz Chomnalez y Francis Mallmann cocinaban en Buenos Aires cuando no había ni siquiera champiñones, hacían magia con lo que conseguían. Parecen muy diferentes, pero ni Beatriz es una estricta francesa, ni Francis es un loco hippie que va por la Patagonia cocinando en la nieve. Son muy parecidos, son como un papá y una mamá para mí. Francis es un poeta. Él crea, se reinventa y hoy es el cocinero argentino más famoso en el mundo. Es el que más libros vende. Mauro Colagreco tiene sus estrellas Michelin, yo soy el que está más arriba en la lista de los sudamericanos, pero Francis es conocido a nivel mundial: viene Brad Pitt y le pide sacarse una foto con él. Y si hay alguien a quien nuestro país le tiene que agradecer como embajador de nuestra cultura gastronómica es a él. Hay cientos de cocineros del planeta mirándolo. Los fuegos y las brasas entraron a muchas de las mejores cocinas del mundo después de que él los puso en el centro y les dio visibilidad. Cuando trabajaba con Francis, me tocaba hacer un pescadito en hojaldre con mozzarella y albahaca. De la cocina francesa clásica y cara pasó al mar y a la influencia de la cultura negra. Ahora son los fuegos. Está 10 pasos adelante, se da el lujo de reinventarse cada vez. Si pudiera elegir con quién volver a formarme, los volvería a elegir. 
OTRO VIAJE INTERIOR
–Y ahora decidiste emprender el viaje de tu vida. 
–Hace muchos años que estoy tratando de conocer más sobre Argentina. Dejar de mirar hacia fuera y mirar hacia dentro. Con los 50 Best sacrifiqué mucho: el precio fue que un restaurante que estaba detrás de una puerta saliera en todas las revistas. Con la televisión sacrifiqué mi vida privada, pero conseguí un capital que me permite hacer muchas cosas. Lo primero de lo que me di cuenta con Masterchef fue que cada palabra que decía era muy escuchada. Si de repente digo “coman guanaco”, al día siguiente puede pasar que se vendan 2.000 kilos más de guanaco. Entonces comencé a tener más cuidado con lo que decía. 
El cocinero argentino más elogiado de los últimos años comienza una nueva etapa en su vida laboral: involucrado en un trabajo de investigación sobre productos, productores y ecorregiones de nuestro país, explica por qué la fama y la competencia pueden ser motores de crecimiento personal.
  • En busca del equilibrio

–Y de alguna manera se genera una presión sobre los cocineros, el público espera algo más que rica comida. 
–No sé por qué. Están mirándonos con una expresión que dice “¿y ahora qué vas a hacer?”. Pero a veces sucede. Hay un momento en la vida que es una tormenta perfecta y decís: “Hoy podría pedir cualquier cosa. Con todas estas cosas que conseguí podría pedirle al universo cualquier lujo que me quiero dar”. Y el lujo que me quiero dar es lo que siempre quise hacer, pero ahora está potenciado por esta situación: conocer toda la Argentina de una manera que nunca podría haberlo hecho, conectarme con productores y cocineros del país. Viajar para aprender, de la gente que produce, que hace, de las cosas que la naturaleza nos da en todas las latitudes. Lo puedo hacer solo a esta altura de mi carrera, es una cuestión de tiempo, jamás podría haberle dedicado tanto tiempo. Hay mucha gente que está en la misma situación que yo estaba a los 25 y no se pueden tomar dos años para recorrer el país. Las últimas dos décadas me las pasé cocinando y, además, pagando las cuentas, los sueldos y dedicando mi poco tiempo libre a la creatividad y la investigación. 
–¿Es algo que sufren todos los cocineros y dueños de restaurantes? 
–El modelo de restaurante tal y como funciona hoy no está pensado para ser rentable. Si pagás el 100% de los impuestos, tenés a todos los empleados en blanco, das el 100% de las facturas y comprás todo en blanco, es muy difícil que tengas una rentabilidad digna de un negocio con semejante inversión. Casi ningún restaurante puede ser rentable y uno como Tegui, de alguien muy expuesto, tiene la probabilidad de recibir más inspecciones. Todo eso termina ahogándote. Tampoco es tan fácil encontrar plata afuera, eso de que los negocios periféricos que supuestamente genera el restaurante ayudan a sostenerlo es difícil. A mí todavía no me pasó. 
Acompañado por la Bodega Catena Zapata y dentro de un plan nacional llamado CocinAR, Martitegui comenzó un viaje que lo llevará a cada una de las provincias de nuestro país. El proyecto se llama Tierras y con él relevará documentación audiovisual sobre productos y técnicas, tradiciones y sabores para generar una biblioteca de acceso libre y gratuita. Además, cocinará en los destinos e invitará a los cocineros locales a su restaurante. 
–¿Cuál es el alcance del proyecto Tierras? 
–De alguna manera es algo que va a quedar. Los que sigan detrás no van a tener que hacer esto. Harán más, harán otras cosas, completarán el trabajo. Esto es información pública y necesaria y lo que pretendemos es un cambio de mentalidad. En Tegui pagás $2.000 y comés un centenar de productos. Sin embargo, la pregunta es cómo hacer para que todos accedan a esos productos. O por lo menos que más gente acceda. También que podamos entender quién los produce, dónde y cómo. No es un proyecto mesiánico, es muy humilde, algo que sale del corazón. Nadie había hecho esto antes: si existiera un libro con esta información sería un manual de cabecera para mí. Este es el momento de cerrar el círculo de todo lo que me pasó en los últimos 10 años y empezar otra vez. 
–¿Por dónde empezaron? 
–Hasta ahora hicimos dos viajes muy distintos: Misiones y Jujuy. Climas, geografías y situaciones diferentes. Tomamos contacto con gente del INTA, de Turismo y de Cultura para analizar de antemano qué podemos ver, pero después cada provincia es un mundo. Las divisiones políticas han generado diferencias que complementan lo geográfico. Es lógico que Misiones no se parezca en nada a Jujuy: por su geografía, las divisiones son naturalmente distintas. Pero cuando vas a las historias de vida, la división política generó algunas diferencias y rivalidades. Las empanadas son radicalmente diferentes en Salta y en Jujuy, aunque la oferta de productos o la geografía sean parecidas. A mí me divierte un poco esta rivalidad que hay entre provincias. Yo creo en la competencia como motor de la perfección. Es algo que hago con mi carrera. Esas cosas existen y movilizan, esa pasión por la identidad provincial genera orgullo, existe un localismo ligado a la comida que recién ahora logro entender. 
Y además te encontrás con el lado B de la gastronomía, los problemas de producción, de consumo. 
–Me encontré con productores de quinoa que venden su cereal para comprar arroz en paquete en el supermercado. Vi que algunos productores de papines no comen papines. Me tropecé con un productor de naranjas tomando jugo en tetrabrik bajo el árbol. He visto cosas tristísimas como toda la cultura de pesca del Paraná arruinada por la represa de Itaipú. Por otro lado ves, en tiempo real y en el lugar indicado, la maquinaria que se pone en marcha cuando alguien de mi restaurante levanta el teléfono y dice: “Necesito 20 bolsas de papines para mañana porque viene Mick Jagger”. Entonces Juani de Bioconexión se sube a una camioneta, hace 200 kilómetros por un camino de ripio y le pide a alguien que vaya en burro hasta donde se producen. Las busca, vuelve en burro y Juani las lleva con la camioneta hasta San Salvador, donde sube los papines a un colectivo. Todo es tan difícil, tan a pulmón, tan largo, tan lejos, que cuando lo ves ahí entendés el esfuerzo real. 
EL FUTURO
Germán Martitegui parece haberse tomado en serio el rol de comunicador. Su formación como diplomático y su carrera como cocinero se resumen en esta nueva etapa. Su visión política sobre la gastronomía, la producción de alimentos y la forma de distribución es definitiva. La educación tampoco queda fuera de su radar. Su destino encontró un rumbo definitivo. 
–¿Tegui es también un restaurante escuela? 
–Yo asumo diversas obligaciones en mi vida y una de las que más me importan es lo que sucede con los chicos que trabajan conmigo. Muchas veces es su primer empleo y es relevante que se vayan con algunos valores claros. Tegui debe dar a luz unos cinco cocineros por año y para mí es prioridad que aprendan cómo se trabaja, qué es lo importante, cómo se convive, hacia dónde apunta la cocina. Yo sé que soy una parte fundamental en su futuro porque de acá salen derechos o torcidos. Además de enseñarme a cocinar, Beatriz y Francis me enseñaron a vivir. Eso se hace cara a cara, tienen que ver que llego antes y que me voy después de ellos. 
El cocinero argentino más elogiado de los últimos años comienza una nueva etapa en su vida laboral: involucrado en un trabajo de investigación sobre productos, productores y ecorregiones de nuestro país, explica por qué la fama y la competencia pueden ser motores de crecimiento personal.
  • Tegui y su creador

–¿Darías clases en una escuela de cocina? 
–Si tuviera que armar una materia y repetir todos los años lo mismo sería imposible. A mí me enseñaron con el ejemplo y no puedo hacerlo de otra manera. Esto es un oficio, es como ser zapatero y no podés ser zapatero mirando YouTube. Podés pegar zapatos, pero no ser zapatero. Si estás un año al lado de un zapatero, pegando suelas, vas a aprender el oficio, los códigos, las mañas. Esto es un oficio y se aprende con alguien que cocine al lado, aunque no solo se trata de cocinar. El 50% del tiempo se aprenden otras cosas: en Tegui les enseño que cuando se acaba algo no hay que volverse loco, que se puede inventar en el momento, que la perfección no está en la foto del plato, sino en el sabor y en la sensación que se genera en el comensal. Cuando veo que los chicos están entusiasmados y no tienen miedo, hacemos todos platos nuevos una noche. Acá se aprende mucho más que técnica. 
–¿Y qué te parecen los proyectos que plantean llevar la cocina a las escuelas primarias y secundarias? 
–Me parece fundamental que la cocina vuelva a las escuelas. Que allí se enseñe nutrición, alimentación y cocina. Y que esa enseñanza esté basada, sobre todo, en principios regionales. Que los chicos del litoral aprendan a cocinar y comer mandioca, y los de Salta lo hagan con la quinoa. Lo que está pasando hoy es casi al revés: la ayuda es, por lo general, una caja de comida envasada. Hay guaraníes en la selva misionera que reciben latas de jardinera, arroz parbolizado y otras cosas envasadas cuando siempre vivieron de la caza y de la pesca. Se genera una desconexión abrupta, un cambio cultural que detrás arrastra otros cambios. Hay que preguntarse si esos valores y necesidades urbano-capitalistas no se vuelven contradictorios en determinados contextos. 
–La cocina en el mundo tiende hacia algo simple y con un acceso más inclusivo. ¿Cómo entra Tegui en esa ecuación? 
–No es la música, no es el servicio, no es la ambientación. El futuro de los restaurantes está en el sabor. La manera en cómo se encare esa búsqueda será diversa, aunque me entristece un poco pensar que lo único que se haga con unos espárragos sea tirarlos arriba de una plancha y servirlos sin nada. Se puede hacer mucho más. Si considero que un producto no se puede mejorar, no lo toco. Pero tampoco nivelar para abajo, no todo es un restaurante sucio con la cocina tirada y mucho sabor, se pierde un poco la magia. Francis, por ejemplo, lo hace rústico, pero no lo hace así nomás. Uno ve 500 pollos colgados y dice “qué pavada”. Pero todos esos pollos están a la misma distancia de un fuego que tiene una temperatura específica. Todos los días me levanto pensando en cómo llegar a más gente con mi cocina, es algo que me desvela. Quiero bajar costos sin perder la poesía de las cosas. 
–Cocina rica para muchos... 
–Hoy el mundo está mirando la Argentina, está mirando los productos de nuestro país y hay ayuda para que esto crezca. Lo que falta es información. Hay que marcar un camino, para qué lado ir: decir que no es el jugo en tetra y hacer algo con esas naranjas. No es la soja, el mundo valora los productos regionales. No son las grandes cadenas de supermercados, ni las semillas genéticamente modificadas: el futuro está en los pequeños productores y en la suma de todos ellos. Buenos Aires no es la salvación, la salvación está en el lugar donde nacieron los productores. Se trata de un cambio cultural que va a tomar décadas. 
Entonces Germán termina la entrevista tan impecable como la comenzó y se prepara para la producción de fotos. Ya no tiene miedo y aquella timidez original de sus primeros años fue metabolizada en una certera convicción. La sobreexposición que tanto lo atormentaba es ahora un capital que juega a su favor. Martitegui abrió la puerta más pesada e invisible de su vida, transformó sus defectos en herramientas de crecimiento. De eso tampoco hay retorno. 
Link a la nota: http://www.conexionbrando.com/1973275-german-martitegui-y-la-cocina-del-futuro

La Nación - Salidas - El boom de la cocina callejera se afianza con un circuito muy variado

El boom de la cocina callejera se afianza con un circuito muy variado

El fenómeno de los bares gourmet se sostiene sobre tres pilares: la informalidad del servicio, la identidad cultural de los platos y el precio accesible
LA NACION
DOMINGO 08 DE ENERO DE 2017

Los Infernales, en San Telmo, donde las hamburguesas son la tentación
Los Infernales, en San Telmo, donde las hamburguesas son la tentación. Foto: Diego Spivacow / AFV
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La cocina suele estar a la vista. El chef es, en la mayoría de los casos, el dueño del lugar y el servicio de mesa no existe. Los comensales piden en la barra y, campana mediante o número en mano, se acercan a retirar el pedido. Las mesas son comunitarias, aunque no siempre las sillas alcanzan para todos. Comer de pie o acodado a una barra puede ser la solución y eso no le quita puntos a esta experiencia gourmet.
Así es la lógica de la "cocina callejera", un fenómeno que se abre paso en la escena gastronómica porteña sostenido sobre tres pilares: la informalidad del servicio, la fuerte identidad cultural de sus propuestas y un precio accesible al bolsillo, ya que un menú promedio (un plato y una cerveza artesanal) cuesta $ 200.
Pueden ser sabores intensos como los de Opio, un gastropub palermitano que evoca al street food de países como la India, Vietnam y Tailandia. La cocina judía de Benaim, también en Palermo, que ofrece algunos manjares como el shawarma de pollo, kebab o falafel y todo en delicioso pan de pita de elaboración propia. La comida de impronta latinoamericana de Kombinaciones, un pequeño local sobre la calle Gorriti, donde puede probarse la típica arepa venezolana con huevo "pochado" a 63 grados o la "baleada", un clásico de Honduras preparado a base de tortilla de harina de trigo con puré de porotos rojos, palta, huevo, queso y cebolla morada. También convocan las carnes al paso de Los Infernales, en San Telmo, donde supieron darle una vuelta de tuerca al epidémico brote de hamburgueserías con opciones algo más sofisticadas como el choripán de ñandú, el pancho de conejo o la hamburguesa de pato.
"Durante los meses que estuve de viaje por la India nunca me senté en un restaurante formal para comer. Y cuando abrí Opio lo hice con la intención de transmitir esa experiencia", dice el cocinero Diego Rizzi, que todas las noches atiende su propia cocina en Opio, un galpón que fue remodelado y donde abundan los objetos de la cultura asiática, colgados de paredes y techos como parte de la decoración.
"Creo que los típicos lugares que ofrecen una entrada, un plato y un postre con un servicio tradicional tienden a desaparecer. Si uno pone atención en las nuevas aperturas podés darte cuenta de que lo que realmente funciona está en los extremos: los gastropubs o el restaurante 5 estrellas. La gente quiere algo más dinámico. Les gusta acercarse a la barra, poder ver cómo sale el despacho".
Es martes por la noche y el local de Benaim, que sólo trabaja por las noches durante los días de semana, rebalsa de gente. Diana Goldberg está en la fila para hacer su pedido, y la acompaña su perro Max. "Acá todo es supercómodo, y eso es lo que más me gusta. Casi siempre pido lo mismo, porque la musaka que hacen [una especie de lasaña de berenjenas, carne molida y verdura] es una de las mejores que probé en mi vida", dice esta porteña que no supera los 30 años.
El Tejano, un bar muy popular por las ribs de cerdo ahumadas
El Tejano, un bar muy popular por las ribs de cerdo ahumadas. Foto: Diego Spivacow / AFV
"El público se adaptó al concepto enseguida. Quizá el momento más confuso es durante el fin de semana cuando vienen familias y gente más grande. No entienden que el plato se pide y se retira por la cocina, pero cuando enganchan la onda les encanta", dice a LA NACION Nicolás Wolowelski, uno de los dueños de Benaim.
Quizá sea el atractivo de lo regional, de la buena onda que se genera entre los comensales o de la música a todo volumen que a nadie parece molestarle. Puede ser la oportunidad de probar algo distinto al menú cotidiano o la posibilidad de festejar un cumpleaños sin poner incómodo a nadie ante la idea de tener que afrontar el costo de una cena en un restaurante. Así lo pensó Eugenia Mascardi, que les propuso a sus amigos festejar sus 35 años en El Tejano, un local en Palermo que se llena de gente y donde su dueño y cocinero tejano, Larry Rogers, asegura ofrecer las mejores y verdaderas ribs de cerdo ahumadas.
La necesidad de mutar del food truck a un punto de venta fijo a la calle no fue casual. Para Mariana Hernández que, junto con Claudio Gómez (los dos cocineros) y Federico Zapata (sociólogo) abrieron Los Infernales, en San Telmo, el nuevo local fue la respuesta de una fuerte adhesión del público con este tipo de propuestas. "La cocina callejera no es algo novedoso, pero sí es la mejor opción para acercarte a comer algo casero y rápido, que nada tiene que ver con el fast food, y a un precio razonable-dice Hernández-. Desde que abrimos viene cada vez más gente, y muchos de nuestros comensales son habitués, por eso tratamos de renovar el menú con cierta frecuencia. Ahora para el verano sumamos una hamburguesa de salmón con una criolla de langostinos y pan negro con tinta de calamar; una degustación de ceviche de pulpo, yacaré y pejerrey y el pancho de conejo".
No toda la oferta de cocina callejera es exclusiva para carnívoros. Más allá de las propuestas vegetarianas que pueden ofrecer estos pequeños locales gastronómicos también hay lugares, como Green Factory, en Villa Devoto, donde hasta el queso cheddar tiene la etiqueta de "vegano". El menú incluye hamburguesas, churrascos o chorizos de sabores como lentejas, seitán o a base de gluten.
Alejandro Osuna es venezolano y su socio, Gabriel Chávez, llegó de Honduras. Juntos comandan Kombinaciones. "Queríamos armar un recorrido gastronómico por varias regiones de América latina con recetas de nuestras abuelas", cuenta Osuna desde la combi que forma parte del decorado del local, pero que oficia también de cocina y de mostrador. Así, sobre ruedas, la cocina callejera del mundo renace en Buenos Aires y gana nuevos adeptos.

Apuntes para el presupuesto

200 pesos
Es lo que cuesta, en promedio, un plato con una bebida en los lugares conocidos como de "cocina callejera". En la ciudad hay diferentes sitios de bares gourmet
180 pesos
Es lo que consume, en promedio, cada persona sólo de cerveza, el fuerte de este tipo de bares. Un porrón vale entre $ 60 y $ 80
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/1973942-el-boom-de-la-cocina-callejera-se-afianza-con-un-circuito-muy-variado