miércoles, 9 de noviembre de 2016

Revista Brando - Cómo convertirse en el rey del café

Cómo convertirse en el rey del café


  • Martín Cabrales, vicepresidente de la empresa y tercera generación de cafeteros.
Habrá cafés con aires arábigos. Cafés envueltos en sol de Colombia. Habrá cafés teñidos de brisa brasileña y garotas de Ipanema. Del café de su pocillo emergerá aroma a grano tostado, el insufle vaporoso de la calidez cafetera, todo ese intríngulis matinal que lo llena de algarabía pasajera antes de enfrentar el infierno en que se convirtió su vida. Pero todo eso es cosa sabida. Lo que nadie jamás imaginó es que un café pudiera tener tanto olor a apellido. Pero ahí están ellos: los Cabrales, tercera generación de familia cafetera, para dar cabida a lo inimaginable. 
Cuando Antonio Cabrales llegó a la Argentina, desde Asturias, tenía 17 años. No escapaba de la guerra, como lo harían sus coterráneos tiempo más tarde. No escapaba de la gripe española. Ni de la hambruna. Llegó siguiendo el camino de sus muchos hermanos -él era el menor-, que ya tenían trabajo en esta patria tan prometedora. Antonio se hizo de abajo. Y se hizo rápido. No tenía mucha escuela, pero tenía un espíritu emprendedor que catapultaría su apellido por varias generaciones. 
De entrada, no bien puso un pie en el país, irrumpió en el rubro cafetero, a pesar de que ninguno de la familia tenía experiencia en el gremio. Lo emplearon de pinche en Al Grano de Café, propiedad de otro español, amigo de la familia, en un local en Carlos Pellegrini que luego se transformaría en cine. Allí se ganó el derecho de piso. Y luego tocó el techo. Pero no lo hizo en Buenos Aires. El despegue sucedió en la costa Atlántica. En una temporada, el dueño tomó una decisión que cambiaría su vida, y la de esta historia para siempre: "Necesito alguien para cubrir un local en Mar del Plata. Es solo por la temporada". Y allí fue Antonio. 
En ese localcito, Cabrales descubrió que tenía vuelo propio. Rápido para los números, carismático y emprendedor, en un par de temporadas se cortó solo. Le dio las gracias a su patrón español, y a otra cosa mariposa. 
Inauguró su primer local en 1941, un 25 de noviembre de hace 75 años. Lo llamó La Planta de Café -sigue allí la empresa, en Rivadavia e Independencia-. Hizo de todo, como en los viejos tiempos: cargó bolsas, tostó, sirvió, atendió y salió a repartir. Es poco lo que saben sus nietos de aquella primera época. Tenía un solo empleado de apellido García -hoy, sus descendientes siguen en la empresa-. Pero en la familia Cabrales, se repite una misma anécdota. La primera tostada inaugural, al viejo Cabrales, se le quemó. Pero para quedar grabado en un lugar de la historia, se necesita, como mínimo, un espíritu tenaz. O, para decirlo en criollo, un cabeza dura. Y Cabrales, el abuelo, estaba a la altura de las circunstancias. Los marplatenses lo acunaron como un hijo postizo. Y al cabo de los años, el negocio de Cabrales era tan resonante que había hecho migas con los capos colombianos de la Federación de Cafeteros de Colombia. Pero migas que eran prácticamente pan entero. Y en las fiestas, se caían a Mar del Plata y brindaban en las Navidades por un año nuevo juntos burbujeante y cafetero. 
¿Qué podemos decir del primer Cabrales? Era, el primer Antonio, como dijimos, un poco testarudo. Era, esto no lo dijimos aún, amante de la buena vida. Cocinaba como un chef: sus hitazos eran el arroz con mariscos y los pescados. Y para Antonio, esa buena vida había, muchas veces, que salir a comprarla afuera. Le gustaba el whisky Johnnie Walker Etiqueta Negra y el coñac francés. Le gustaba el champán, y de tanta pasión por la bebida se armó una colección: aún hoy sus botellas añejas e importadas se lucen en su local de la calle Alberti. 
Además liquidaba varios atados de Benson al día. Después, se entusiasmó con los L&M. Pero dos veces al año, ya de vuelta en su carrera, se internaba con los adventistas en Entre Ríos a respirar aire puro y beber agüita de manantial. Y luego, con hipnosis, dejó el tabaco. 
Pero, claro, Cabrales tenía una habilidad para convertir sus rasgos en negocios. Así fue como empezó a incluir además de la venta de cafés, la oferta de licores y delicias premium made in afuera. Viajaba en barco y se pasaba cinco meses en Europa, explorando la buena vida con los cinco sentidos, más un sexto sentido comercial. Así vivió hasta los 85 y hasta el último día de su vida, en febrero de 1990, fue a trabajar a la empresa. 
No olvidemos que esta es una historia familiar, no solo personal. Pues uno de los que le dio a Cabrales su expansión nacional fue su hijo, también Antonio. Quique es el primero que tuvo la brillante idea de hacer sobrecitos de azúcar y ponerles su nombre -hoy Cabrales es el que más sobres de azúcar fabrica en la Argentina, vende 20 millones al mes-. Quique era -lo sigue siendo- un innovador. O para decirlo en criollo rompía bien los granos. Cuando los cafés se lanzaban envasados en las góndolas del súper con el color amarronado propio de la semilla cafetera, a Quique se le ocurrió algo: "¿Qué tal si hacemos un modelo de café Cabrales en dorado?". No vamos a decir que su familia no recibió la idea con un poco de susto, pero aquel envase se destacó de la competencia y se instaló en el inconsciente colectivo de generaciones. 
En los años 80, Cabrales puso un pie en los súper y empezó su avance a la conquista nacional. En tiempos en que las cadenas de supermercados tenían dueño de carne y hueso -Disco, Norte, el perdido Hogar Obrero-, José Manuel Cabrales, hermano de Quique, se sentó a hablar con todos ellos y le abrieron las puertas a su café. Primero hacia el sur, rumbo a Ushuaia. Luego, cual plaga cafetera, se contagió al resto del país. 
Como política de la empresa, no apuestan a multiplicar locales ni tener franquicias. Ni bares. Ni dan pocillos de café. "No queremos competir con nuestros clientes", advierte Martín Cabrales, vice de la empresa, la tercera generación cafetera. La empresa, a pesar del arraigo con el café, en los tempranos 90 fue pionera en importar cerveza en lata. 
Hoy en día, los Cabrales abastecen tanto a Maru Botana como a Francesca, o a Havanna y McDonald's. Entre los 400 empleados de la compañía, hay siete que llevan el Cabrales en el apellido. Muchos de sus proveedores tienen ya 50 años de prestarle servicios. Si bien el café sigue siendo café, ahora toda empresa tiene su laboratorio, y emplea a físicoquímicos para encontrar el sabor buscado. 
Aunque somos más materos que cafeteros, un argentino consume un kilo por año de café -Finlandia se lleva el podio con 16 kilos-. 
Luego de décadas de mala prensa, ahora los científicos dicen que el café es un energizante natural, antioxidante y activa la memoria. Tres tazas al día, coinciden, hacen bien. 
Este espaldarazo médico es para los Cabrales un golazo. Sumados a una campaña mundial en apoyo al consumo de café, los cafeteros esperan que el consumo mundial se eleve. La familia Cabrales, mientras tanto, lanzó al mercado las primeras cápsulas nacionales compatibles con Nespresso. Lo encargaron a un maestro cafetero de Bolonia, Italia. Y tras cuatro años de ensayo y error, acaban de introducirlo en el mercado con cuatro sabores diferentes. 
Antes, las góndolas en el sector café eran pobretonas y deslucidas. El amante del café tenía pocas opciones para decidir. Hoy en día, sin embargo, las góndolas argentinas están a la altura de las europeas. Los Cabrales, por su lado, ya tienen más de 20 blends en el mercado. 
"La portación de apellidos no genera derechos", repetía Quique en la mesa familiar. "Llevar este apellido genera obligaciones. Nunca lo olviden". Hoy los Cabrales elaboran y venden alrededor de 600.000 kilos de café cada mes. Por lo visto, se trata de un mandato que nunca olvidaron. 
Link a la nota: http://www.conexionbrando.com/1953970-como-convertirse-en-el-rey-del-cafe

martes, 8 de noviembre de 2016

La Nación - Entrevistas - Rodrigo Sieiro: cacao, diamante en bruto

Rodrigo Sieiro: cacao, diamante en bruto

El chef hace foco en los granos de origen, orgánicos y salvajes, con la intención de hacer el mejor chocolate del mundo
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LA NACION
DOMINGO 06 DE NOVIEMBRE DE 2016

Foto: Rodrigo Ruiz Ciancia
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La 6 de la tarde del 31 de diciembre de 2014 fue un momento bisagra en la vida del chef Rodrigo Sieiro. Sintió la pulsión de comprar un pasaje a Perú y a las 4 de la mañana estaba sentado en un avión rumbo a Lima. Sin ningún contacto, mapa o plan concreto: sólo la certeza de que encontraría el camino del cacao. "Había investigado muchísimo porque soy fanático del chocolate amargo, pasión que me transmitió Beatriz Chomnalez cuando trabajé con ella. Cuando ya había leído todo lo que estaba a mi alcance, quise ir a Piura, en Perú, porque es una de las zonas más importantes donde se cultiva cacao orgánico. Necesitaba ver cómo era el árbol en el campo. De casualidad conocí a Iván Murrugarra, la persona que más sabe del tema en América latina, un investigador que me llevó a recorrer los cultivos y me enseñó muchísimo. Ahí se fueron abriendo más puertas: pude viajar al Salón de Cacao de Lima, contacté a otros productores, y se fue perfilando mi objetivo: hacer chocolate de extremísima calidad; que esté en el top 5 de la Tierra. En ese proceso, yo no soy nada. Sólo soy la plataforma para mostrar la personalidad de los mejores granos del planeta."
Rodrigo Sieiro cuenta su historia mientras dispone tabletas de chocolate sobre la mesada de mármol impoluta que domina la entrada de su local. Afuera es Palermo; adentro es el aroma del cacao recién tostado, el silencio y la provocación de los sentidos. En su fábrica de chocolates, Sieiro experimenta con dos variedades que trajo de Perú: granos genuinos, salvajes, tal como se embolsaron tras haber pasado por la fermentación natural sobre hojas de plátano y luego secados al sol. Es materia prima bruta, la semilla de su felicidad. Hay bolsas de cacao sin tostar y tostados con distintos perfiles, hay nibs (granos tostados y pelados) y hay, por supuesto, chocolate. "Quisiera que pruebes uno por uno y me cuentes sus diferencias. Cuál te parece más ácido, cuál más amargo, cuál es tu sensación en boca", propone. Todos son diferentes, todos son deliciosos. "Si te digo que están elaborados con el mismo grano de cacao, no me creés", dice sabiendo.
Sieiro es un tipo de acción: su deseo es ser el referente del cacao y del chocolate entre los 20 mejores productores bean to bar (del grano a la tableta) del mundo. "Es sólo cacao y azúcar. Nada más. Para la variedad Amazonas hice once perfiles distintos de tostado. Para la variedad Piura Grano Porcelana, cinco. Las posibilidades son infinitas, yo sigo aprendiendo." El juego de Willy Wonka le sale perfecto; su fábrica ya está en funcionamiento y una vez que termine de diseñar sus líneas con identidad propia, quiere seguir con granos de Bolivia y Ecuador. "Encontré un nuevo lenguaje que me permite seguir avanzando en mi carrera de cocinero."
Su trayectoria es amplia y comenzó muy temprano. Estudió hotelería y pronto se convirtió en la mano derecha de Beatriz Chomnalez. Más tarde trabajó con Dolli Irigoyen; a los 26 ya tenía su propio restaurante (Nectarine), un espacio que fue protagonista de su época por su cocina de alta gama. Tras dirigir otros emprendimientos, hoy se dedica a Bruto (El Salvador 4622), su fábrica de chocolates con cacao premium. Quiere poner en valor este producto de origen americano que crece en climas tropicales, que necesita del calor y de la sombra para desarrollarse. Su nombre científico lo define: Theobroma cacao (Theo = Dios; broma = alimento), el alimento de los dioses. Existen distintas variedades que se dividen en tres grandes tipos: criollos, forasteros y trinitarios (híbridos). Los aztecas lo consideraban un alimento sagrado; una vez molido hacían una bebida batida amarga, agria y picante a la que Cristóbal Colón jamás prestó atención. Fue Hernán Cortés quién comprendió su importancia simbólica y económica y pocos años después llevó a Europa el primer cargamento de la semilla. La historia del chocolate y del placer mundial tenía su punto de partida.
¿Qué te emociona del cacao?
Que tiene que ver con nuestra identidad, que en muchos casos se perdió, y por eso creemos que el chocolate es belga. Puede ser que el proceso lo inventara un belga, pero el chocolate no existiría sin el cacao. Creo que América latina puede ser en los próximos 50 años la meca del mundo, por muchos motivos, y hay que apropiarse de lo nuestro. Los europeos lo llevaron a África y las plantas se morían. Hasta que inventaron un híbrido que no se muere y rinde siete veces más que los granos originales. Dan un cacao de menor calidad, con menos personalidad, pero es mucho más rentable. Y así estamos, hoy queda sólo un 5% del cultivo de cacao de la Tierra que no está modificado genéticamente.
¿Cómo son los chocolates que comemos?
La industria chocolatera hizo que compremos marcas, no chocolate. Es antinatural que comas durante 50 años el mismo chocolate. Ellos compran el cacao, le cambian el pH, hacen un producto neutro que mezclan con otras cosas como manteca de cacao, lecitina, vainilla, pero que no expresa lo que el grano tiene para ofrecer. Yo quiero hacer chocolate tal como se hacía antes de la Revolución Industrial, respetando el árbol, el fruto, lo que el terroir donde creció puede expresar.
¿Qué es un bean to bar?
Significa del grano a la tableta y refiere a la producción artesanal de chocolate con la más alta expresión de granos de cacao de origen. Amargo, sin agregados de ningún tipo. Somos 20 tipos los que trabajamos con estos estándares. Quiero romper un paradigma: ¿qué es más lujoso, comer un chocolate que fue manoseado con otros productos o comer lo que dio la planta? Esta tableta de chocolate es mi propia interpretación de este cacao.
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/1953894-rodrigo-sieiro-cacao-diamante-en-bruto

Clarín - Sociedad - La fiesta de la pizza que es un éxito y le gana a la adversidad

La fiesta de la pizza que es un éxito y le gana a la adversidad

Los Perejiles. Es un grupo de jóvenes con síndrome de Down que armaron una empresa y, desde julio de este año, ya cocinaron 3.700 pizzas para 90 eventos.

El garaje de la casa de San Isidro de Leandro López, que es psicomotricista y fundador de la ONG Taller Sumando, los martes y miércoles se transforma en la cocina de una pizzería. Dos mesas largas contra una pared y un horno al fondo son parte del paisaje. También hay un mezclador de masa, una bolsa de harina enorme y el grupo de chefs formado por Franco Noseda (19), Mauricio Roldan (21), Mateo Kawaguchi (22) y Leandro Padros (24), cuatro emprendedores con síndrome de Down que, con la ayuda de López y Kevin Degirmenci, que es acompañante terapéutico y profesor de Educación Física, crearon un servicio de pizza party para eventos que ya es un éxito. Entre todos, acordaron llamarse Los Perejiles. “Lo elegimos porque suena gracioso, aunque en realidad no somos ningunos perejiles. Todo lo contrario: estamos armando una empresa pensando en nuestro futuro”, explica Padros en diálogo con Clarín.


Entre todos se dividen el proceso de producción: mientras uno enharina las mesas, otro le da forma a los bollos. “Los dejamos levar entre 6 y 7 minutos, después amasamos, estiramos cada pizza sobre las asaderas y las metemos en el horno”, enumera Mateo, que la tiene clara porque estudió panadería.
Con las prepizzas listas llegan a las fiestas en las que los contratan. Lo hacen lookeados para la ocasión: con remeras verdes con la marca y el logo del emprendimiento, delantales y cofias. Ya en el lugar y en una segunda etapa, agregan la salsa, los condimentos, completan la cocción y sirven. Esa última parte es la elegida por Mauricio y Franco, que prefieren trabajar de mozos e interactuar con la gente. A los eventos también llevan empanadas que preparan tres jubiladas amigas del grupo y ellos se ocupan de calentar en el momento.


Arrancaron en julio de este año y ya llevan más de 90 eventos entre reuniones familiares, cumpleaños, casamientos y degustaciones para empresas y más de 3.700 pizzas repartidas. ¿Cuál es el secreto? “Nuestras pizzas: es que son ricas, siempre preguntamos al final de los eventos qué les pareció y la gente nos dice eso”, aporta Padros, mientras amasa. Y remarca que “condimentarla mucho” es una de las razones por las que gusta tanto.
Tiene otro truco, pero prefiere no compartirlo. “No quiero decirlo para que no nos copien. Es mejor no tener competencia”, añade el joven, que está “muy contento” porque es la primera vez que tiene un empleo y está ganando plata. “Mis papás también están emocionados. Ahora estoy juntando para comprarme ropa y otras cosas para mí”, sigue Padros, que se recibió de maestro pastelero. El proyecto para él viene de la mano de otras novedades en su vida por las que asegura estar “orgulloso”. Una de ellas es que ya empezó a ir y volver por su cuenta, algunos tramos caminando y otros en colectivo, para sus tareas cotidianas; y la otra que se puso como meta vivir solo más adelante.
Y con esto también tiene que ver Los Perejiles, “con que puedan ganar autonomía y con que el resto de la sociedad se entere de que están preparados para un montón de cosas, entre ellas, para trabajar”, afirma López que, por la importante demanda de eventos, logró incluir a otros 14 jóvenes que tienen síndrome de Down al equipo. “Hay perejilas también”, interviene Padros, sonriente. “Pero parejas todavía no, capaz el año que viene”, agrega.
López suma que buscarán expandir al Sur y el Oeste del Gran Buenos Aires el emprendimiento que, por ahora, llega a Capital y zona Norte. En los planes del grupo también está la posibilidad de alquilar un food truck y trabajar desde ahí.
“El tema es que para seguir creciendo necesitamos otro lugar en el que podamos cocinar y un vehículo para trasladarnos. Estamos felices con lo que logramos aunque, hasta ahora, todo lo que conseguimos fue solos y a pulmón”, cierra López casi al final de la producción del día, mientras apila asaderas y lleva hasta la pileta algunos de los utensilios para lavar. 
Link a la nota: http://www.clarin.com/sociedad/fiesta-pizza-exito-gana-adversidad_0_1682831865.html

Revista Planeta Joy - 7 nigiris locos que tenés que probar

7 nigiris locos que tenés que probar

En materia de nigiris, el salmón es el rey y suele sentarse sobre el trono del arroz blanco. Sin embargo, hay otras opciones más atípicas. Ojalá que Jiro nunca lea esta nota.

Aún no se puede explicar cómo es posible que estas bolitas de arroz con un trozo de pescado encima hayan conquistado los paladares porteños, por tradición adversos al pescado. Quizás se deba a la moda que estalló en la década del 90, a un poco de esnobismo, a la apertura que posibilitaron los viajes masivos y al progresivo abaratamiento de un producto que comenzó en exclusivos restaurantes y hoy se encuentra en los bufet de los tenedores libres más populares.

Pero vayamos al grano. O al nigiri, mejor dicho ¿De dónde viene este bocadillo que en principio parece tan simple? Todo comenzó en Japón. Parece ser que hubo tres cosas que hicieron del país del sol naciente un aficionado al sushi: el hecho de ser un archipiélago donde abunda la pesca, la disposición del año 1603, emitida por el Shogún, que prohibió comer carne vacuna para destinar los animales a la labranza, y el vegetarianismo que pregona la religión budista. Y dentro del sushi, en sus formas más clásicas, se encuentra el nigiri (sushi sin fermentar hecho con las manos) cuya invención atribuyen, casi todas las fuentes, a un tal Hanaya Yohei, durante el primer cuarto del siglo XIX.

¿Cómo se hace un nigiri? El arroz para sushi (llamado gohan), de grano corto y redondo, se lava y cuece en una arrocera. Luego se vierte un preparado a base de azúcar y vinagre; finalmente se enfría. Con esto se logra el shari (arroz listo para hacer sushi). Seguidamente, el sushiman toma una porción de arroz entre la palma y, con los dedos índice y anular estirados de la otra mano, cual Cristo bizantino, le da la forma de una bolita oblonga. Luego agrega un corte o “kirikata” llamado “usuzukumi”, generalmente si es pescado blanco, o “romausushi” si se trata de un pescado que necesite un corte más grueso, y listo, ¡queda lo que los vascos llamarían un “montadito”, pero hecho con arroz y pescado!

Lo divertido es que el nigiri va más allá de la fórmula ortodoxa de arroz blanco más lámina de pescado. La imaginación de los sushimen es infinita y algunos de ellos han logrado piezas originales y que vale la pena analizar. Por eso Planeta JOY salió a la calle y te cuenta cuáles son las creaciones más locas e innovadoras en materia de nigiris.


El Nigiri Kyoto de SIPÁN Si de creatividad se trata, nadie más afilado que José Castro Mendivil, factotum de Osaka, Sipán y Olaya. La particularidad de esta pieza es que lleva carne vacuna. Sí, ¡carne vacuna en vez de pescado! Y no cualquier carne, sino Wagyu, la carne marmolada estilo Kobe. Es una lonja de aguja o peceto sopleteada (para minimizar la impresión que la carne cruda pueda tener sobre algún comensal), montada sobre una bola de arroz, aderezada con una crema acevichada, una especie de mayonesa con leche de tigre. “Quiero que la gente se atreva a integrar otro tipo de proteínas al sushi”, afirma el audaz Castro Mendivil. No hay duda de que este nigiri es bien porteño.
Uriarte 1648, Palermo / T. 2577-6000
El tamago nigiri de WASABI’S Federico Della Picca, ex futbolista profesional volcado hace ya unos años a la gastronomía, administra su exitoso Wasabi’s, un informal y descontracturado sushi bar de Palermo. Entre la oferta de la casa tiene un atípico nigiri con tamago, algo común en Japón pero poco usual en la Argentina. El tamago es una especie de tortilla japonesa hecha con huevo, mirin, azúcar y soja. A simple vista parece sencilla pero la elaboración tiene sus bemoles; a un sushiman empleado del legendario Jiro Ono le llevó diez años de práctica lograr que su exigente jefe le permitiese ofrecer su tamago a los clientes. El tamago tiene forma rectangular y se abraza al arroz mediante una cinta de alga nori. Por $65, tenés seis unidades.
Thames 1810, Palermo / T. 4832-9346
El nigiri anticuchero de SUSHICLUB La gente de SushiClub no se duerme en los laureles. En materia de nigiris acaban de poner a rodar el nigiri anticuchero, una pieza compuesta por arroz, un corte de salmón rosado fresco, pincelado con salsa anticuchera (ají panka, comino, orégano, vinagre, aceite de achiote -a fin de darle color- y sal). A continuación se lo flambea, no para lograr un efecto kitsch, sino para recrear los ahumados propios del anticucho, tan caros a la cocina Nikkei. Si bien se sirve por unidad, lo usual es que vengan tres nigiris a 120 pesos.
Av. 9 de Julio 1465, Recova de Posadas, Recoleta, y 6 sucursales. / T. 0810-222-SUSHI (7874)
El atama nigiri de LENY SAN “Cuando imagines cómo darle de comer a un porteño, pensá en milanesa con papas fritas”, le dijo una vez Pablo Massey a Diego García, propietario de Leny San. García supo trasladar este concepto al sushi; el hombre y su equipo hacen piezas XL, rolls a puro salmón rosado y langostino, y rolls apanados con suculentos toppings ¡Nada del espíritu Zen ni minimalista! Y como creatividad no les falta, preparan un nigiri coronado de coral de langostino, es decir, el relleno de la cabeza del crustáceo, que suele impresionar a algunos comensales, apanado en panko y frito en aceite de girasol. Se lo acompaña con salsa Tonkatso o soja. El precio de $200 es por media porción (6 nigiris).
Dardo Rocha 1028, Martínez / T. 4733-0185


El nigiri takoyaki de OSAKA La frondosa imaginación de Rodrigo Ferrer, el sushiman de Osaka, concibió un nigiri que es la más pura expresión de la cocina Nikkei. Sobre la base de arroz shari agrega pulpo cocido, laquedo en una salsa llamada yakiniku (ají panka, ajo, soja, ostión y aceite de sésamo), la pasa por la parrilla, lo corta (corte jauchi), y la ata con un obi-nori, el cinturón de alga. Por encima le agrega una muy criolla chalaquita a base de cilantro, limón, ají limo, cebolla, limón y sal, y unas gotas de salsa de sésamo. El juego de sabores dulces y marinos, junto a la leve pungencia de la chalaca hacen de esta pieza algo celestial. Por su creatividad, si Ferrer fuera artista su plato estaría en el MoMA… El precio no es precisamente un regalo, pero el lujo vale la pena: $145 las dos unidades.
Soler 5608, Palermo Hollywood / T. 15-6543-9103, y sucursal en Puerto Madero
El nigiri crocante de salmón de PÁRU ¿Alguien se imagina un ensamble entre la muy patagónica rosa mosqueta con wasabi y quinoa, la hija dilecta del NOA? Esto es lo que hacen Miguel Arakaki, sushiman de Páru, y su equipo, con el nigiri crocante de salmón. La base de shari está rellena de queso Philadelphia y wasabi, apanada en panko y frita, algo así como una sofisticada croqueta de arroz. Por encima lleva una lámina de salmón rosado cubierta de una salsa compuesta por Teriyaki y rosa mosqueta. Finalmente va coronada por quinoa frita, que le aporta crocancia al conjunto, y un brote de rúcula. El resultado es un caleidoscopio de texturas y sabores que vale la pena experimentar. Este ecléctico nigiri viene por dos unidades al precio de 100 pesos.
La Pampa 717, Belgrano / T. 4778-3307, y sucursales
El nigiri Parma de FABRICUna de las influencias menos conocidas de la cocina peruana por el gran público es la italiana. Siempre se habló de las influencias incas, china, española y japonesa, pero muy poco de la itálica. Y si de muestra vale un botón, basta recordar el restaurant Francesco, que en Buenos Aires buscó ensalzar el matrimonio culinario entre Italia y Perú. La gente de Fabric tomó la posta con su nigiri a base de lenguado, recubierto con queso tipo parmesano, sopleteado y terminado con unas gotas de aceite de trufa blanca, un aromático homenaje al Piamonte. Vienen cuatro unidades y el precio es de 90 pesos.
Paraguay 5082, Palermo Hollywood / T. 4776-7231, y sucursales
CUESTIÓN DE PIELAparte de restaurantes, abundan los deliverys de sushi, casi una epidemia que se da principalmente en la Ciudad de Buenos Aires. Pero es justo decir que los pioneros de esta movida fueron los creadores de Furusato, hace 18 años. Entre la oferta de sushi tienen un nigiri cuyo principal ingrediente es la piel de salmón. Sí, lo que muchos desechan ellos lo aprovechan, y es francamente exquisito. A la omnipresente bolita de arroz le montan un rectángulo de piel de salmón grillada, crocante, con salsa teriyaki, más una rodaja de mango, que aporta notas agridulces. El conjunto se ata con un “obi-nori”, o cinturón de alga. Vienen cinco unidades y cuesta 126 pesos.
Link a la nota: http://www.planetajoy.com/?7_nigiris_locos_que_tenes_que_probar_&page=ampliada&id=9101

Clarín - Ciudades - "El alfajor Cachafaz superó al Havanna"

“El alfajor Cachafaz superó al Havanna”

Facundo Calabró.
Catador de alfajores

Sin entrar en suntuosidades, el alfajor insignia del tipo que más sabe de alfajores es, puntos suspensivos, el Capitán del Espacio (Triple). El alfajor elegido del catador heterodoxo remite a un gusto nacional y popular. Dice que el Capitán del Espacio equivale a su educación sentimental. Pero el amor por la camiseta dura una línea, porque cuando se le pregunta por el Cacahafaz pone una cara indescriptible para un periodista que reniega de adjetivos como “asombro” o “admiración”. Después, ese rostro inenarrable tira su verdad: “El mejor de todos es el Cachafaz”.
Vamos con los botines de punta, tratando de ver hasta donde llegan sus convicciones.
¿El mejor de la historia?
Sí.
¿Mejor que el Havanna?
Sí, lo superó.
¡Pero Havanna tiene una tradición! Como que me digas que las hamburguesas de Mostaza están por encima de McDonald’s...
Cachafaz ya es una señora empresa, vende cantidad de productos y hasta puso un par de localcitos donde sirven café. Su lanzamiento tuvo, sin dudas, algo de revulsivo. Vender en un kiosco un alfajor de imagen y calidad “elitista” implica como una especie de cruce entre lo alto y lo bajo (o lo medio, si tenemos en cuenta el circuito comercial de los trenes).
El Cachafaz, en los kioscos, no se mezcla con otros alfajores. ¿Percibís lo mismo?
Interesantísima observación. No se mezcla con otros alfajores. Está como en una zona intermedia entre lo que es el alfajor de kiosco y el alfajor prémium de café/chocolatería/heladería (Havanna, Balcarce, Café Martínez, Rapanuí, Volta, etc.). Marcas como Successo, La Recoleta y Caicayén intentan ubicarse en una zona parecida a la del Cachafaz, aunque sin tanto éxito.
Las dos personas que más saben de golosinas en este país estudiaron Letras. ¿Cuál será la relación entre una cosa y la otra? Uno es el protagonista de esta nota: Facundo Calabró; la otra, Natalia “Naná” Ghergorovich. Se conocen sólo de haberse leído. Una dice que el alfajor no es estrictamente una golosina. El otro escucha y le supura dulce de leche por los oídos. “!!El alfajor es la golosina por excelencia!!”Alfajómano mal, Facundo regentea un blog único, El Alfajor Perdido. Al principio fue una relación muy clásica. Las golosinas marcaron infancia y adolescencia. Recordará viajes en colectivo, recordará colonias de vacaciones, “y todo eso”. Con el tiempo se fue desarrollando el gusto y se convirtió en un catador en estado de desacato. Un tester de alfajores versus la caterva de catadores patentados (de vino, de café, de cerveza artesanal). Hasta que un día sin sin eurekas descubrió que podía escribir sobre ellos.
A veces uno cree que el Havanna era más rico cuando había que ir a buscarlo a Mar del Plata...
A ver, el Havanna aparece en los años ’50 y logra instaurar un nuevo género: el del alfajor premium. Es el padre de todos ellos, el inventor del envoltorio de estrellitas. Y la verdad, es que es un gran alfajor: cobertura de chocolate genuino semiamargo que se acopla magistralmente a un dulce de leche profundo y de gran calidad. Uno huele un Havanna y lo reconoce inmediatamente.
¿Pero?
Marcó un hito, pero es lógico que después de 60 años aparezca un alfajor que sintetice todas las virtudes de sus antecesores para erigirse en una creación superadora. Cuando Cachafaz salió al mercado, hace diez años, nadie podía imaginar que la cobertura pudiera consistir en chocolate semiamargo posta, de un grosor voluptuoso y tanta presencia. ¿Vos viste la cantidad de dulce de leche que tiene? Yo, que no estoy atado por ningún vínculo afectivo al Havanna, puedo afirmar la superioridad del Cachafaz. Es el alfajor del siglo XXI.
¿Por qué hay tantos alfajores? En una época eran Guaymallén, Jorgito y alguno más.
La bisagra se da en los ’90, cuando ingresaron al país marcas extranjeras y empezaron a vender alfajores propios que les competían a Fantoche, Jorgito, Guaymallén y Havanna. Se calcula que en Argentina se venden seis millones de alfajores por día. Queda bastante claro por qué la oferta es tan variada.
Algunos creemos que el Capitán del Espacio es una leyenda del conurbano...
Que es una leyenda, seguro. Creo que está un poco inflado, pero al mismo tiempo comprendo que se haya ganado el mote de alfajor de culto. Además de ese nombre genial, de la falta de marketing, de lo difícil que era conseguirlos, tiene un gusto realmente auténtico. Es verdad que el Capitán del Espacio doble es tan ordinario como un Jorgito o un Terrabusi, pero hay algo singular en su sabor. Ahora, el triple, sin dudas, es un buen alfajor.
¿El Suchard, el de mousse, fue el máximo responsable de que luego aparecieran esos alfajores-tortita de tres pisos?
No. El Suchard apareció en 1984 y está claro que revolucionó el paradigma alfajorero con la implementación del mousse de chocolate. Su antecedente sirvió para que luego salieran a la venta alfajores rellenos de pasta de maní (el Shot), de mousse de vainilla (el Aguila), de café (Bonafide). El primer alfajor triple fue el Fantoche, allá por los ’70, que hasta registró el término “Triple” en la Justicia. Lo de “tortita” responde a que legalmente tienen prohibido llamar “triples” a sus alfajores.
¿El peor de todos?
Si hablamos de calidad y olvidamos el precio, lo cual me parece sumamente injusto, tengo que decir, con gran dolor, que el peor debe ser el Fulbito. Y hay alfajores de una calidad muy mala para lo que cuestan: el Vauquita de cappuccino o el Recoleta son creaciones especialmente fallidas.
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