martes, 5 de abril de 2016

Revista La Nación - Marco Bigotti: a poner el lomo

Marco Bigotti: a poner el lomo

El cocinero eligió este corte tierno y magro para versionar un plato emblemático de la gastronomía porteña

"Mis padres son gastronómicos, crecí comiendo en restaurantes. Cuando yo era chico, el lomo a la pimienta o al champiñón eran los platos emblemáticos de los restaurantes porteños y siempre era mi favorito. Hoy este corte ya no tiene tanta fama, muchos incluso lo odian argumentando que les parece insulso. Al tener muy poca grasa y no tener hueso es una carne que no se destaca por su sabor, pero para mí es deliciosa, sutil. Hay un lomo por cada media res, por eso es costoso. Pero a diferencia de otros cortes, se aprovecha todo: el centro, la cabeza y el cordón, las tres partes que componen la pieza de lomo entera. En el restaurante uso la cabeza para hacer relleno de empanadas; el centro para hacer mi versión de lomo al champignon y el cordón para fortificar salsas. Con la colita que queda del centro hago steak tartare. Considero que la textura tierna del lomo (es un músculo que no se mueve, la vaca no lo usa para nada porque está detrás de la cabeza) juega también su rol importante a la hora de comerlo. En la carnicería suelen venderlo entero; uno lo debe limpiar, pero es sencillo: es algo intuitivo, con sólo tocarlo ya se comprende que está dividido en tres. Lo más importante es sacarle la aponeurosis o cinta de plata, una piel similar a la de la entraña, que no se ablanda con ninguna cocción."
Marco Bigotti prefiere los decibeles bajos a la hora de hablar. Es preciso y no derrocha palabras. Decidido, acepta el desafío de enfrentar una media res y depostar él mismo la pieza de lomo que preparará más tarde. Desde muy pequeño, cuando su papá era el gerente y su madre administraba el bar y la concesión del hotel Dorá, recuerda los fuegos de cocinas profesionales. En sus planes estaba ser abogado, pero la sangre gastronómica le fue marcando el camino. Se formó en el Colegio de Gastronomía Gato Dumas y a los tres meses de iniciadas las clases ya estaba mirando la cartelera de pasantías. Primero entró en el Four Seasons Hotel Buenos Aires a las órdenes del chef inglés Ashley James. "Iba eliminando a todos los pasantes de a poco, quedé último con un compañero y lo eligieron a él. Pero eso fue una suerte para mí: a las dos semanas ya estaba trabajando en el Caesar Park con Germán Martitegui." Tras pasar la entrevista más breve de la historia donde sólo le preguntaron si quería cocinar, empezó con el room service del hotel. "Germán tardó bastante tiempo en dejarme entrar a Agraz. Después me convocó al primer Casa Cruz, luego a Tegui y con el tiempo me consiguió una pasantía en WD-50, un restaurante de vanguardia en Nueva York. Desde el año pasado regresé a Casa Cruz (Uriarte 1658), ahora como chef ejecutivo. Soy una versión de mí mismo, como el lomo que vuelve a la mesa porteña."
¿Qué hay que observar a la hora de comprar lomo?
El color de la carne, si es rojo está bien. Si está amarronado o machacado, puede ser que haya estado expuesto al frío y esté quemado. Y el aroma: debe oler a carne fresca. El olfato nos avisa si está mal.
¿Cuál es el punto de cocción correcto del lomo?
El tournedó o medallón -que es lo que habitualmente comemos- hay que servirlo jugoso o a punto. No más. Si está muy cocido, pierde todo: el sabor, la terneza, la gracia. Si está casi crudo, la gente me dice que muge y no lo come. Yo recomiendo comerlo a punto. Para mí el lomo sirve hasta para hacer milanesas.
¿Por qué hay que dejar descansar la carne cuando sale del horno?
Esto es algo muy importante para aplicar con cualquier corte, no sólo con el lomo. Con el calor los jugos se concentran en el centro de la pieza. Si la sacamos y la cortamos inmediatamente (algo habitual), todos esos jugos se liberan y se pierden. Si la dejás descansar unos minutos, la sangre vuelve al músculo y al final resulta mucho más jugosa.
¿Cuál fue la lección más importante de Martitegui?
Germán es como mi padre gastronómico, con él aprendí todo lo que sé. A respetar los productos, a pensar siempre más, a dirigir la cocina, a utilizar distintas técnicas. Sin embargo, creo que la mejor lección fue hacerme entender que un cocinero debe ser sensible en todo momento. Por supuesto, cada uno tiene su estilo, pero las bases profesionales y los valores que aprendí los comparto totalmente. También trabajé con Donato De Santis, en Spazio Donato, y lo aprecio mucho; es muy generoso con su gran conocimiento.
¿En qué te inspirás para versionar los platos clásicos porteños?
Primero recurro a la memoria emotiva; pienso en los sabores históricos de la receta y en qué puedo sumar. En general uso los productos originales de maneras diferentes y aporto algún ingrediente nuevo. En el caso del lomo, la costumbre porteña era servir la carne sola, acompañada con una guarnición de papas noisette y una salsa de champignones espesada con fécula de maíz. Yo apano los medallones con hongos de pino y los sirvo con una duxelle (una preparación clásica francesa con champiñones frescos) y con puré de papas enriquecido con aceite de trufa. El plato se vuelve potente, tiene sabores más definidos.
¿Cocinar es algo lúdico?
Claro, siempre me remite a cuando era chico. Yo me acuerdo de que al puré de las salchichas lo mezclaba con mostaza. Ahora que soy cocinero sigo jugando: en vez de mostaza le agrego un poco de jugo de maracuyá y eso me hace acordar del de mi infancia. Recuerdo a mi vieja cocinando para eventos del hotel o haciendo las cartas. Ella no era profesional, pero usaba El Práctico, una especie de biblia de los cocineros profesionales con recetas de base francesa. Todavía conservo el ejemplar y cada tanto lo consulto. Me gusta decir que hago una cocina de la memoria."Mis padres son gastronómicos, crecí comiendo en restaurantes. Cuando yo era chico, el lomo a la pimienta o al champiñón eran los platos emblemáticos de los restaurantes porteños y siempre era mi favorito. Hoy este corte ya no tiene tanta fama, muchos incluso lo odian argumentando que les parece insulso. Al tener muy poca grasa y no tener hueso es una carne que no se destaca por su sabor, pero para mí es deliciosa, sutil. Hay un lomo por cada media res, por eso es costoso. Pero a diferencia de otros cortes, se aprovecha todo: el centro, la cabeza y el cordón, las tres partes que componen la pieza de lomo entera. En el restaurante uso la cabeza para hacer relleno de empanadas; el centro para hacer mi versión de lomo al champignon y el cordón para fortificar salsas. Con la colita que queda del centro hago steak tartare. Considero que la textura tierna del lomo (es un músculo que no se mueve, la vaca no lo usa para nada porque está detrás de la cabeza) juega también su rol importante a la hora de comerlo. En la carnicería suelen venderlo entero; uno lo debe limpiar, pero es sencillo: es algo intuitivo, con sólo tocarlo ya se comprende que está dividido en tres. Lo más importante es sacarle la aponeurosis o cinta de plata, una piel similar a la de la entraña, que no se ablanda con ninguna cocción."
Marco Bigotti prefiere los decibeles bajos a la hora de hablar. Es preciso y no derrocha palabras. Decidido, acepta el desafío de enfrentar una media res y depostar él mismo la pieza de lomo que preparará más tarde. Desde muy pequeño, cuando su papá era el gerente y su madre administraba el bar y la concesión del hotel Dorá, recuerda los fuegos de cocinas profesionales. En sus planes estaba ser abogado, pero la sangre gastronómica le fue marcando el camino. Se formó en el Colegio de Gastronomía Gato Dumas y a los tres meses de iniciadas las clases ya estaba mirando la cartelera de pasantías. Primero entró en el Four Seasons Hotel Buenos Aires a las órdenes del chef inglés Ashley James. "Iba eliminando a todos los pasantes de a poco, quedé último con un compañero y lo eligieron a él. Pero eso fue una suerte para mí: a las dos semanas ya estaba trabajando en el Caesar Park con Germán Martitegui." Tras pasar la entrevista más breve de la historia donde sólo le preguntaron si quería cocinar, empezó con el room service del hotel. "Germán tardó bastante tiempo en dejarme entrar a Agraz. Después me convocó al primer Casa Cruz, luego a Tegui y con el tiempo me consiguió una pasantía en WD-50, un restaurante de vanguardia en Nueva York. Desde el año pasado regresé a Casa Cruz (Uriarte 1658), ahora como chef ejecutivo. Soy una versión de mí mismo, como el lomo que vuelve a la mesa porteña."
¿Qué hay que observar a la hora de comprar lomo?
El color de la carne, si es rojo está bien. Si está amarronado o machacado, puede ser que haya estado expuesto al frío y esté quemado. Y el aroma: debe oler a carne fresca. El olfato nos avisa si está mal.
¿Cuál es el punto de cocción correcto del lomo?
El tournedó o medallón -que es lo que habitualmente comemos- hay que servirlo jugoso o a punto. No más. Si está muy cocido, pierde todo: el sabor, la terneza, la gracia. Si está casi crudo, la gente me dice que muge y no lo come. Yo recomiendo comerlo a punto. Para mí el lomo sirve hasta para hacer milanesas.
¿Por qué hay que dejar descansar la carne cuando sale del horno?
Esto es algo muy importante para aplicar con cualquier corte, no sólo con el lomo. Con el calor los jugos se concentran en el centro de la pieza. Si la sacamos y la cortamos inmediatamente (algo habitual), todos esos jugos se liberan y se pierden. Si la dejás descansar unos minutos, la sangre vuelve al músculo y al final resulta mucho más jugosa.
¿Cuál fue la lección más importante de Martitegui?
Germán es como mi padre gastronómico, con él aprendí todo lo que sé. A respetar los productos, a pensar siempre más, a dirigir la cocina, a utilizar distintas técnicas. Sin embargo, creo que la mejor lección fue hacerme entender que un cocinero debe ser sensible en todo momento. Por supuesto, cada uno tiene su estilo, pero las bases profesionales y los valores que aprendí los comparto totalmente. También trabajé con Donato De Santis, en Spazio Donato, y lo aprecio mucho; es muy generoso con su gran conocimiento.
¿En qué te inspirás para versionar los platos clásicos porteños?
Primero recurro a la memoria emotiva; pienso en los sabores históricos de la receta y en qué puedo sumar. En general uso los productos originales de maneras diferentes y aporto algún ingrediente nuevo. En el caso del lomo, la costumbre porteña era servir la carne sola, acompañada con una guarnición de papas noisette y una salsa de champignones espesada con fécula de maíz. Yo apano los medallones con hongos de pino y los sirvo con una duxelle (una preparación clásica francesa con champiñones frescos) y con puré de papas enriquecido con aceite de trufa. El plato se vuelve potente, tiene sabores más definidos.
¿Cocinar es algo lúdico?
Claro, siempre me remite a cuando era chico. Yo me acuerdo de que al puré de las salchichas lo mezclaba con mostaza. Ahora que soy cocinero sigo jugando: en vez de mostaza le agrego un poco de jugo de maracuyá y eso me hace acordar del de mi infancia. Recuerdo a mi vieja cocinando para eventos del hotel o haciendo las cartas. Ella no era profesional, pero usaba El Práctico, una especie de biblia de los cocineros profesionales con recetas de base francesa. Todavía conservo el ejemplar y cada tanto lo consulto. Me gusta decir que hago una cocina de la memoria.

Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/1885741-marco-bigotti-a-poner-el-lomo

lunes, 4 de abril de 2016

La Nación - Comunidad de Negocios - Ferran Adrià y elBulli. Qué puede enseñarle un restaurante a una multinacional - pág 1




Clarín - La Ciudad, capital mundial de la cocina peruana - pág 72



La Nación - Buenos Aires - Piccola Italia: en Palermo, un barrio que celebra la inmigración

Piccola Italia: en Palermo, un barrio que celebra la inmigración

Son cinco cuadras con restaurantes y ferias; quieren hacer un arco de ingreso en la esquina de Arévalo y Gorriti
Al Dente, un encuentro cultural callejero en el que todos los años se celebra la italianidad. Foto: Gentileza Diego Bernardez

En la ciudad de Buenos Aires se está gestando una Piccola Italia, cinco cuadras que son un espacio gastronómico y cultural para compartir y expresar la italianidad. Sus impulsores ya imaginan el arco en la esquina de Arévalo y Gorriti, en el barrio porteño de Palermo.
La italianidad en la Argentina resulta difícil de definir porque logró distribuirse en toda la sociedad, porque es inasible y omnipresente. Está en las palabras entremezcladas con el lunfardo, está en el valor de la familia y los amigos, está en las recetas heredadas y argentinizadas, está en cada barrio porteño con los negocios de nombres italianos, está en los aperitivos, está en las Volturno para el café corto y fuerte. Está.
El último informe de la Fundación Mundial de Migrantes revela que en 2015 más de 4.600.000 ciudadanos italianos residen en el extranjero. Comparado con el año anterior la cifra creció 3,3 por ciento. Estos datos surgen de los italianos que se registran en elAnagrafe Italiani Residenti All'estero (AIRE), pero deja afuera a muchos otros que no se inscriben aquí. La investigación muestra que los jóvenes de entre 25 y 39 años son los que más están migrando (conforman el 44 por ciento). La Argentina, Alemania y Suiza son los países que más italianos recibieron en la última década.
Il Ballo del Mattone, uno de los restaurantes ubicados en el corazón de esta PiccolaItalia, en la entrada se parece a una despensa de antaño. Enseguida un patio como de un conventillo de La Boca, al reparo de toldos con los colores de la bandera italiana. "Buongiorno", saluda un mozo. Una pizarra que es la carta de platos (escrita en italiano) circula por el restaurante. En las paredes se imponen un buda de cerámica, un Cristo redentor en yeso, muñecas tipo Barby, fotos, cuadros, una escultura de mujer en tamaño natural, un trofeo.

"Este postre, la panna cotta, es una caricia al paladar. Mientras más fría mejor", recomienda el dueño de este restó con aire de conventillo cool, Adrián Francolini. Este mediodía él viste una túnica con los colores de Italia. Su pelo, cortado simulando una cresta, es celeste y blanco. Cuenta que Il Ballo fue una revancha después de varias semanas en coma; de esto hace 9 años. "Me di cuenta de que tenía una segunda oportunidad y que quería tener un lugar mío, un bar italiano", dice, quien hoy se define como director artístico de ese espacio gastronómico-cultural.
Su padre tano tenía una despensa y él de chico lo ayudaba. "De allá vienen mis ganas de recuperar lo italiano", dice. Primero instaló un pequeño bar, a pocos metros de donde funciona ahora Il Ballo, luego fueron dos y tres, que se integran, con distintas especialidades, a este corredor de comercios con impronta italiana que se sucede en Gorriti, entre Arévalo y Bonpland.
Il Ballo del Mattone, uno de los restaurantes de la Píccola Italia
Il Ballo del Mattone, uno de los restaurantes de la Píccola Italia.Foto:LA NACION/Patricio Vidal/AFV
"La italianidad está empezando a copar el barrio. En el mercado de pulgas se están abriendo emprendimientos. Italianos que tenían su restaurante en alquiler ahora deciden arrancar ellos", se entusiasma. "De acá a septiembre, cuando llegue el Al Dente! 4, que es un día de celebración de Italia acá en la calle, estamos viendo de tener los permisos oficiales para hacer nuestro arco. Si el barrio chino lo tiene, por qué no Italia". Cuenta que el área de Colectividades del gobierno porteño estudia declarar esa celebración de interés cultural e iniciar los trabajos para que el barrio se convierta en un arbolado paseo peatonal coronado por un arco.
El ahora ex director de Colectividades Julio Croci, actualmente a cargo de la Dirección Nacional de Pluralismo e Interculturalidad, quien inició las conversaciones con Francolini, confirma que el gobierno acompaña este espacio que se consolida en Palermo. "Se va a dar de forma natural el barrio, porque hay mucho empuje con la llegada de jóvenes italianos, una nueva inmigración que le da otra impronta a la italianidad", dice.
Verónica Morello es la cantante y fundadora del grupo Madonna Nera. En la PiccolaItalia, a su grupo se lo conoce como "los gitanos de Madonna Nera" cuando danzan en ronda y ponen a sonar su música popular, esos ritmos que son, a la vez, rituales ancestrales. "Mi abuelo tenía bandoneón, un organetto, siempre tocaba las canzonetas. También le gustaba el tango", recuerda. Trae de un mueble de su departamento en Palermo una foto en tonos sepia en la que se lo ve a su abuelo tocando un tango en un organetto y a dos hombres bailando a su lado. "De chica estudio canto, piano, algo de acordeón", dice. "Una vez encontré unas partituras de mi abuelo. Empecé con la canzoneta italiana a partir del acordeón y después seguí con una búsqueda propia; pude apropiarme de mi identidad italiana y vivir esta música con mi alegría".
Verónica también es responsable del Ente de Turismo Italiano en Buenos Aires. Dice que en la Piccola Italia se siente "como en su salsa". Se entusiasma. "Lo que está bueno del barrio es que la visión que propone es aggiornada y artística. Allí se busca una manera de conectarse con Italia, con la gastronomía, con el arte. Se está desarrollando la italianidad del ítalo-argentino actual", dice. Y agrega: "A mí me encanta poder compartir con gente mi pasión por Italia".
Antonio Morello, el papá de Verónica, nació en Fuscaldo, Italia, en la segunda guerra mundial; es consejero electo del Comité de los italianos residentes en el exterior (COM.IT.ES) por la lista M.I.R.E. y trabaja por los ciudadanos italianos residentes en Sudamérica. "Hay un grupo de italianos, nuevos y viejos residentes, que se junta en la plaza de la Recoleta a hablar italiano; está la comunidad de Aperitano, que a través de Facebook se convoca una vez por mes para tomar cócteles, recrear la italianidad, discutir temas de Italia; ahora también está la Piccola Italia en Palermo, con un ambiente muy abierto de extranjeros y gente joven", enumera.
Madonna Nera, integrado por Verónica Morello, Guadalupe Soria, Maxi Manzo, Julián Gandara, Matías Gatica Duco, Nicolás Rainonne-Danza: Erica Bertolotto, Hernán Bertolotto y Alexia Theodwrou
Madonna Nera, integrado por Verónica Morello, Guadalupe Soria, Maxi Manzo, Julián Gandara, Matías Gatica Duco, Nicolás Rainonne-Danza: Erica Bertolotto, Hernán Bertolotto y Alexia Theodwrou.Foto:Gentileza Diego Bernardez
Dice que está en contacto con estos "emergentes" porque muchos tienen los mismos problemas que tuvieron su familia y los 120.000 italianos nativos que se estima que viven en la Argentina. Antonio habla del renacer de la italianidad dormida en muchos nietos de inmigrantes y se emociona. "Los hijos de los que vinieron son los que llamo la generación perdida, porque por los dolores de sus viejos prefirieron borrar lo que significaba aquella tierra. Ahora están los nietos preguntándole a la nonna de dónde era, cómo vino, en qué barco, qué recuerda. En esas charlas resurge la emoción de lo que llevan en la sangre y dormía", dice.
Maxi Manzo tiene 28 años y es nieto de italianos. Como su familia, él siguió el camino de la música: hace pop rock en italiano. "Mi abuelo tocaba el acordeón y cada reunión familiar era una verdadera fiesta. Mi sangre me llevó a incursionar en la música popular italiana, a estudiarla y a investigarla", dice. Cuenta que cuando lo invitaron a cantar junto al grupo Madonna Nera en el barrio italiano en Palermo se encontró con un nuevo público italiano que lo maravilló.
"Para mí fue algo increíble cantar música popular italiana y en idioma dialectal en el corazón de Palermo. Venía acostumbrado a actuar en asociaciones italianas para un público muy mayor", compara. Y sigue: "En la Piccola Italia me siento en mi barrio, conozco al peluquero Richard, al policía de la cuadra, caminás por ahí y siempre te encontrás con un amigo, con un artista, surgen proyectos, soñamos con viajar y con difundir esta cultura tana". Es feliz de saberse parte de este momento en Buenos Aires.
Maxi Manzo, cantante de pop rock en italiano
Maxi Manzo, cantante de pop rock en italiano.Foto:Gentileza Maxi Manzo
En el departamento de Verónica Morello hay varios paquetes de pasta de Paese Dei Sapori, en un frasco de vidrio en la cocina de la novela La Leona se adivina la misma marca de pasta seca, en Il Ballo del Mattone estas pastas son palabra santa. Víctor Sardella, quien vivió en Nápoles hasta los 15 años, ahora es socio de esta fábrica de pastas importada de Turín. "Cuando me retiré de mi actividad como ingeniero, con un amigo y ahora socio decidimos comprar una planta que producía pasta en Italia y que salía a remate. Dijimos: 'Si la ganamos vamos a hacer algo en Argentina que sea tradicionalmente y verdaderamente con espíritu y alma italianos'". Y ganaron la pulseada. En 2013 llegaron las máquinas, contrataron supervisión italiana y se pusieron a producir: tienen 30 variedades distintas de pasta, un volumen de producción de 8000 kilos mensuales y están en plena expansión.
Para ellos insertarse en la Piccola Italia fue toda una prueba. Ahí habría paladares italianísimos. "La primera vez que participamos en Al Dente! dimos pasta para que se sirviera gratis en el restaurante de Adrián Francolini. Nosotros vendíamos paquetes de pasta afuera en dos mesas: tuvimos que ir cinco veces a la fábrica a reponer porque nos quedábamos sin", recuerda Víctor. "Ahí nos dimos cuenta de la aceptación de lo nuestro".
Al año siguiente cocinaron en la calle. "Había una cuadra de cola", dice. Y cada año fue mejor. "Si algo le faltaba a Palermo era esto. Acá lo que pega es que se trata de un ambiente italiano, no armado sino sentido. Porque vos caminás esas cuadras y te podés quedar todo el día. Para mí es muy emocionante, porque estás bajo el paraguas de la italianidad, la gente entra en un mundo: es como estar en una cuadra de Nápoles, en sus mercados", dice. Describe aquel escenario tan conocido, tan querido y no tan lejano.
Roberto Lampa es de la zona centro norte de Italia, de Ancona, una ciudad sobre la costa del Mar Adriático. Aunque el escenario a simple vista no se parece, para él Buenos Aires y su ciudad natal tienen la misma "naturaleza". Roberto era investigador en su país y por los recortes suprimieron su proyecto; su novia argentina también corrió la misma suerte. Empezaron a evaluar propuestas: vivieron en París y en Nueva York, donde cada uno terminó su posdoctorado, pero ninguna de esas ciudades los convencía para quedarse.
"Hay una cuestión de vivir, no sólo trabajar. Y en ninguno de estos lugares estuvimos cien por ciento conformes porque la naturaleza, tanto del italiano como del argentino, es que hay ciertos valores, cierta cosa importante que compartimos: la familia, los amigos, que son muy lejanos en la cultura anglosajona o incluso francesa", dice. Hace tres años y medio que comparten un departamento en Palermo y ambos lograron incorporarse en la carrera de investigadores de Conicet. Su proyecto de investigación también conecta a ambos países: es un estudio comparado de la crisis argentina de 2001 con la de Euro de 2008.
Como un modo más de explotar su ser ítalo-argentino (desde hace un tiempo tiene doble ciudadanía) Roberto integra el Laboratorio di Ideee Italia Argentina, un espacio que, entre otros proyectos, emprendió una encuesta para conocer más sobre la inmigración de italianos en la última década. La abogada María Inés Tarelli, miembro activa de esta institución, se explaya en los objetivos de este grupo integrado por descendientes de inmigrantes y jóvenes recién llegados de Italia. "Este grupo se creó para expresar la nueva italianidad en una asociación nueva que nos permita dialogar con una Italia distinta a la que nos transmitieron nuestros abuelos", dice.
Gorriti, entre Arévalo y Bonpland, se ofrecen propuestas artísticas y gastronómicas de la cultura tana
Gorriti, entre Arévalo y Bonpland, se ofrecen propuestas artísticas y gastronómicas de la cultura tana.Foto:LA NACION/Patricio Vidal / AFV
Giuseppe Sauro (29 años) y Attilio Ardito (30) no se conocían en Italia; coincidieron en un hostel de Buenos Aires donde se hospedaron para terminar el postítulo en Relaciones Internacionales en la sede argentina de la Universidad de Bologna. Dice Attilio: "Yo prácticamente me escapé de Italia, porque me recibí y no tenía trabajo, no tenía perspectivas. Llegué acá y sólo sabía de Maradona. Ni conocidos, ni amigos, nada. Y de a poco me fui enterando toda la historia que tienen con Italia. Acá hablás en italiano y a la gente se le ilumina la cara", dice, en un bar de Palermo. Y cuenta que estar en la Argentina para él fue redescubrir y amar de nuevo a su país.
A su lado, Giuseppe asiente. Su interés por esta ítalo-argentinidad llegó hasta su tesis de posgrado: estudió la inmigración italiana en la Argentina. "Vemos que siguen llegando muchos jóvenes cada día. Es gente que en principio viene por un tiempo, algunos a estudiar, pero luego se quedan", dice.
Esta movida joven fue la que en parte los impulsó a Attilio y a Peppe a crear Aperitano, un puente entre la Argentina e Italia. En encuentros itinerantes -se organiza cada mes en diferentes barrios porteños- se comparten aperitivos y comidas típicas de Italia; siempre hay una banda en vivo y una muestra de fotos o cuadros italianos. "La movida cultural es la intención. Como lo que se genera en el barrio italiano de Palermo, lo que es importante es que no sea de promoción comercial", dice Attilio. "Que tenga un alma", aporta Giuseppe.
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/1885487-piccola-italia-en-palermo-un-barrio-que-celebra-la-inmigracion

Clarín - IEco - En el país se consumen más de mil millones de alfajores por año - pág 14


Clarín - Sociedad - Más de 9 mil personas hicieron la mateada más grande del mundo - pág 30



La Nación - Sábado - Comidas de trabajo, claves para salir airoso - pág 6