Palermo también tiene un circuito propio de bares con cerveza artesanal
Como en San Telmo o Caballito, y como sucedió en Nueva York hace dos décadas, ya hay más de veinte locales con cervezas "de autor".
Hasta hace algunos años, hablar de cerveza artesanal en Argentina remitía a la Patagonia o a la provincia de Córdoba. Ahora, esta cultura se extiende en Buenos Aires, y entre otros barrios, Palermo desarrolló su propio circuito y cada vez son más los bares con cervezas “de autor”.
Cerveza artesanal. Crece un circuito de cervecerías en Palermo.
Al menos 20 se concentran en el área comprendida por las calles Scalabrini Ortiz, Paraguay, Córdoba y Arévalo. Allí están, entre otras, El Galpón de Tacuara, Jeromee Beer Pub, Baum Palermo, Antares, The Temple, Bretonia Soho, Blue Dog, Bierhof, Buena Birra Social Club y la Chopería de Palermo.
Aunque aún está lejos de concretarse, el fenómeno parece seguir el legado que han dejado las cervecerías neoyorquinas, en busca de tener una marca propia, una distinción que las diferencie del resto. De este modo, los maestros cerveceroscrean sabores únicos para atraer a los amantes de la bebida con espuma.
En Nueva York, el fenómeno se expandió entre 1985 y 2010, cuando las cervecerías aumentaron de 27 a 1.700, llegando a más de 4 mil en actualidad. Allí, son un imán para los turistas que recorren los locales, trasladándose de una a otra, por las mismas cadenas.
Entre las más reconocidas se encuentran Brooklyn Brewery, Samuel Adams y Lagunistas Beer, que se destacan por sus sabores exclusivos en el mostrador.
En Buenos Aires, además de Palermo, crece un polo similar en la zona de Caballito, sobre la avenida Pedro Goyena. Y también en el bulevar Caseros, entre San Telmo y Barracas.
Una recorrida por estas “cocinas” de cervezas se convierte en un plan para sentirle un sabor a diferentes barrios de la Ciudad.
Gracias a los discípulos porteños de la "cerveza de autor", la Ciudad ofrece varios puntos de referencia. Uno es el Galpón de Tacuara, en donde se puede disfrutar cervezas con ingredientes como el jengibre, la calabaza, o la hierba buena.
Gabriel Furnari, maestro cervecero con premios por sus creaciones.
Gabriel Furnari, maestro cervecero, ganó recientemente la medalla de plata en el rubro “American IPA” por su IPA SANFER, y medalla de bronce en el rubro IPA por su “BLACK IPA” en la Copa Argentina de Cervezas, donde compiten todas las cervecerías del país.
“Empecé a hacer cerveza porque descubrí un mundo que me impactó, hay un universo de estilos, maltas, lúpulos, levaduras, gustos y aromas por conocer. Empecé con espíritu hobbista, convidando a amigos y familiares, y luego decidí profesionalizarme”, cuenta Furnari, y agrega: “Hay tantas cervezas como maestros cerveceros existen y el movimiento “home-brewer” se está expandiendo muy fuerte en la Argentina”.
Una de las recetas distintivas de Furnari es la Ginger Beer (cerveza con jengibre). "El jengibre es una adición que permite generar una cerveza refrescante, muy veraniega”, dice, y afirma: "Existen infinitas posibilidades de combinación de maltas, lúpulos, tratamiento del agua y levaduras, que pueden dar resultados totalmente originales”.
Furnari también creó una cerveza con calabaza y hierba buena, y una American Pale Ale con Sorachi, un lúpulo japonés con fuerte presencia de limón y eneldo. "Lo importante es que, para romper las reglas, primero hay que conocerlas. Podemos adicionar lo que queramos al proceso de cocción de una cerveza, pero antes tenemos que entender cuál es el proceso químico que se va a generar con las maltas", destaca Furnari, uno de los creadores que hacen de Palermo y otros barrios porteños un circuito de cerveza artesanal que crece en la Ciudad.
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Las verduras más habituales de cada hogar se han convertido ahora en las estrellas de los mejores restaurantes del país y del mundo
Foto: LA NACION
El menú degustación de Casa Cavia, uno de los mejores restaurantes de Buenos Aires, comienza con... una lechuga. Sí, la hoja verde más consumida en toda verdulería de barrio, la misma que abunda en las ensaladas más repetidas de la Argentina, es la elegida por Casa Cavia para comenzar su experiencia de lujo. Ni siquiera es la lechuga completa, sino el cogollo, la parte interna y compacta, despojada de sus hojas más exteriores. "Es lo que llamamos impregnar. Sumergimos la lechuga en un caldo de orégano y la envasamos al vacío. Las hojas de la lechuga tienen una estructura compuesta por agua y aire, y al realizar este proceso logramos que salga el aire y entre el caldo. Luego, la servimos gratinada con una holandesa de queso y un jugo de verduras asadas", explica Julieta Caruso, chef nacida en Bariloche, que durante casi una década trabajó en Mugaritz, el restaurante vasco considerado uno de los más innovadores del mundo. Las reacciones a este primer paso, a esta lechuga como protagonista de la carta, no se hicieron esperar. "Tuvimos respuestas buenas, otras malas. Porque no sólo es una lechuga, sino que además se ve en el plato, se la reconoce, no la ocultamos ni acompañamos con nada. Están quienes quedaron alucinados por el riesgo que tomamos y están los que no lo entendieron. Hay otras hojas con más «prestigio», un radicchio, una endivia, pero preferimos la lechuga. Es una de las cosas que pretende hacer Cavia: mostrar que un alimento que muchos consideran sin valor también puede ser un lujo".
La guarnición pasa al frente
Hace rato que los mejores restaurantes del mundo pretenden cambiar el equilibrio entre proteína animal y vegetales de cada porción. Con modos y propuestas muy diversas, grandes chefs están poniendo en crisis la idea de que la carne es lo principal mientras que los vegetales son la guarnición. En junio de este año, The Culinary Institute of America presentó junto a la fundación EAT su lista "Plant-Forward Global 50", donde recomienda los 50 restaurantes más innovadores del mundo que buscan "elevar el perfil de los vegetales". Una lista que incluye nombres muy famosos de la gastronomía contemporánea, desde José Andrés (que hace dos años abrió su primer Beefsteak) hasta el francés Alain Ducasse, pasando por René Redzepi (Noma), Thomas Keller (The French Laundry) e incluso latinos como Alex Atala (DOM), Rodolfo Gúzman (Boragó) y Virgilio Martínez (Central).
"A nivel mundial, la carne empezó a correrse del centro del plato", asegura Federico Fialayre, de Tomo 1. "Una razón de este cambio es que la proteína animal, en especial las carnes rojas, tiene una paleta mucho más pequeña. En el mundo vegetal hay más contraste, color, con diferencias notables. A su vez, se trata de buscar equilibrio", dice.
Lo cierto es que hay verduras y verduras. Una suerte de clase A y clase B dentro del mundo vegetal, donde algunos de sus componentes parecen gozar de más prestigio. Por ejemplo, están las verduras más exóticas o novedosas, las menos conocidas por el consumidor habitual como el romanesco, el topinambur o el kale, que destacan fácil en los restaurantes de moda. O las de relativo alto precio y corta estación, como los espárragos y alcauciles, que pisan fuerte cada primavera. Pero luego están las otras verduras, las habituales, las más usadas en todas las casas, muchas veces menospreciadas. "El romanesco es más caro que el brócoli y eso lo hace, a simple vista, más exclusivo. Pero, por ejemplo, Tomo 1 habla más el lenguaje del brócoli que el del romanesco. Pasó con los minivegetales: sí, es más linda la minizanahoria que la común, pero la pregunta debería ser: ¿es más rica? Y, la verdad que no. Ahora somos parte de MESA, el ciclo que dura hasta el 9 de octubre (www.mesadeestacion.com.ar), y que elige cada estación del año tres productos para destacar. Esta primavera, uno de ellos es el apio. Y es un gran producto, que en Tomo 1 siempre usamos, ofreciéndolo con faisán, con pato, ahora en una ensalada de apio, uva, zanahorias, pepino, yogur, servido sobre una fainá crocante. Es necesario entender la función y las posibilidades de cada vegetal. El apio está lleno de agua y bien utilizado podés aprovechar todo ese sabor caldoso que aporta".
Son esos héroes anónimos, de los que hablaba Narda Lepes en uno de los fascículos de cocina que presentó el año pasado junto a la nacion. "Los héroes anónimos son grandes productos que muchas veces tuvieron mala prensa. Las semillas de los zapallos, las hojas de la remolacha, el repollo, el brócoli, la remolacha, el nabo, la lechuga. Pero es absurdo: se trata de entenderlos y conocerlos, de pensar cómo se cocinan, saber si diluyen su sabor en grasa o en agua".
En una cena previa a la apertura de su nuevo restaurante, Narda Comedor, ella también sirvió como primer plato una lechuga. Entera, colocada en un caldo frío de parmesano, espinaca y albahaca, junto con un huevo cocido a baja temperatura, con almendras, piñones y migas de pan con ajo asado. "Me gusta que la gente se encuentre con el vegetal entero, lo reconozca. Hasta ahora, vos decías «comí una tira de asado con ensalada», es decir, el músculo definido, pero las verduras como genérico. No son frutos rojos, son arándanos, frambuesas, frutillas. No son papines del norte, sino que cada tubérculo tiene nombre y un modo de cocción. Démosle identidad a lo que comemos. Nadie te quiere sacar la carne, pero pensemos en un equilibrio. Que esa carne sea una guarnición. Es sentido común: no podemos seguir comiendo así. Nuestro cuerpo lo va a agradecer, también el sistema de producción, el medio ambiente, la agricultura familiar".
El cambio cultural propuesto es de gran trascendencia, particularmente en Argentina, uno de los países con mayor consumo de proteína animal del planeta. No extraña que muchos clientes aún miren estas nuevas propuestas con desconfianza. Alejandro Feraud, de Alo's, en San Isidro, dice: "Hay una revalorización actual de los vegetales. Hemos usado lechuga como masa de unos ravioles, rellenos también de lechuga, ricota y nueces. La usamos grillada, también braseada. La lechuga es una hoja difícil, apenas la cortás empieza a morirse, se deteriora muy rápido. Por eso, si lográs servir una lechuga en ensalada, bien fresca, al dente, crocante, con una vinagreta justa, es una maravilla".
Un plato estrella del menú invierno de Casa Cavia fue el Liliáceas. Una suma de puerro, ajo, cebollas morada y blanca, echalote, cebollino. Cada uno tenía un método de cocción distinto: los echalotes confitados, la cebolla blanca al horno con cáscara, la morada cortada fina y otra parte escaldada, los puerros salían de la parrilla. El plato incluía trucha, pero que no representaba siquiera el 30% de la porción. "Al principio hubo un choque con los ex clientes de Casa Cavia, pero empezaron a venir otros. Buenos Aires precisa diversidad de propuestas. Nosotros ofrecemos cordero, caracú, alitas de pollo, pero al menos un 50% de la carta está dominado por verduras. Y muchas son esas mismas que se usan en cada hogar, casi sin pensar en ellas. Los productos pueden dar mucho más de sí de lo que a veces uno piensa".
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/2069993-lechuga-apio-y-cebolla-los-nuevos-protagonistas
Do-Ho: el nuevo corredor gastronómico de Villa Urquiza
En el flamante barrio Parque Donado Holmberg, construido sobre los terrenos de lo que alguna vez se pensó como la Autopista 3, la oferta de bares y restaurantes empieza a crecer.
Un corredor, cuatro opciones para comer muy bien. Foto: Brando / Xavier Martín
GALLO NEGRO
Sin ser de la zona, Martín Gallino observó el proceso de construcción de los modernos edificios de las calles Donado y Holmberg. "Pasaba siempre en bicicleta y miraba la evolución de estas manzanas porque el proyecto de tener un bar con amigos ya lo tenía en mente". El bar lleva el nombre de un apodo que Martín se ganó en la infancia y que conserva 30 años más tarde entre sus amigos, y ahora socios. Al complejo en el que se ubica Gallo Negro, en Villa Urquiza, se lo llama Parque Donado Holmberg, Do-Ho para los emprendedores inmobiliarios.
Gallino se formó en el oficio de cocinero y trabajó por 10 años en España. Una de sus experiencias fue pasar una temporada en la cocina de un restaurante con una estrella Michelin. "Pero lo que se supone es el sueño de cualquier chef no lo fue para mí", recuerda. "Me sentí incómodo con la exigencia, dejé de disfrutar de estar en una cocina". Después, se reconcilió con el oficio en 4 Cats, un bodegón tradicional del barrio gótico de Barcelona donde cocinó paella, arroz caldoso y lomo de bacalao. Volvió a Buenos Aires en 2014 y esperó su oportunidad de reincorporarse a la gastronomía.
Gallo Negro. Foto: Brando / Xavier Martín
En Gallo Negro el fuerte son las tapas, los tragos y la cerveza. "Queríamos algo simple: un espacio común en el que te den ganas de estar y compartir en grupo. Por eso, propusimos varias mesas comunitarias y una barra larga", explica Martín, ahora fuera de la cocina, encargado del bar. Son tentadoras las croquetas de jamón y queso ($100), los langostinos rebozados ($120). También sirven tortilla de papas ($110), papas bravas Gallo Negro (con salsa picante y alioli, $100). Hay hamburguesas de ternera (de 280 gramos de rosbif, desde $150), wraps y una ensalada (ambos, $120).
Gallo Negro. Foto: Brando / Xavier Martín
A pocos metros de la cámara de frío, se encuentran las 10 canillas de cerveza artesanal, una oferta que va rotando. Hay Baronesa, Deneben, Jarva y Gambrinus, entre otras. Los tragos son los tradicionales: Old Fashioned, Negroni, Mojito, Pisco Sour y otros. También tienen una variedad de gin tonic (en vaso largo o copón desde $120). El trago de la casa es la Sangría Gallo Negro ($150).
Cemento, madera clara, lámparas de filamento y luminarias teatrales tipo marquesina con luces cálidas crean ambiente en el lugar. También las mesas en la vereda, lindantes a un espacio verde público, donde se mezcla el bullicio de las personas que están en el bar y el de los chicos.
Donado 1851, local 3 / 15-6612-7243 / Martes a viernes de 18 a 2, Sábado y domingo de 12 a 2 / Instagram: @gallonegrook
NININA BAKERY
Ninina Bakery. Foto: Brando / Xavier Martín
Un café rico puede ser uno que no hayas elegido especialmente. Sucedió que en el segundo local de Ninina Bakery, luego de la apertura inaugural, no había suficiente electricidad para alimentar la cafetera, entonces los mozos ofrecían, a cambio, la bebida filtrada. "Ahora hay gente que viene y pide especialmente el café de filtro", dice Emmanuel Paglayan, alma mater de Ninina. La diferencia se hizo cuando los comensales notaron que la innovación en esta nueva casa era el café de granos seleccionados, tostados y molidos in situ.
El primer Ninina Bakery fue en Palermo, y ganó fama por la pastelería con el sello creativo de Marta Gueikian (mamá de Emmanuel y dueña de la casa de tortas Selvi), la calidad de sus ingredientes y el café de especialidad. "Teníamos potencial con el café, pero dependíamos de un proveedor, entonces nos preguntamos qué pasaba si se lo comprábamos directamente a los productores y lo tostábamos nosotros?". En Ninina lo tuestan y, desde hace poco, lo envasan para vender al público, un trabajo para el que cuentan con el asesoramiento de Agustina Román, certificada en el Instituto de Calidad del Café.
Ninina Bakery. Foto: Brando / Xavier Martín
La apertura en el Do-Ho fue parte de un proceso de crecimiento comercial. "Cuando empezamos a trabajar en el proyecto de un segundo local queríamos tener espacio para la tostadora de café, y también amplitud y techos altos como tenemos en Palermo. Buscamos por Belgrano, Recoleta y Barrio Norte, pero no encontramos. Un día, me contaron sobre esta zona y este local. A mí me descolocó, porque no lo tenía en el radar, pero el lugar era ideal con sus 20 metros de frente y un espacio en la vereda muy agradable".
¿Qué probar en Ninina? Obviamente, el café (expresso, frío o filtrado, desde $55), las tortas ($130) como Nannette (sin harina, con merengue, mousse de chocolate y café ) o Vera (una base de manzana, pasas de uva y crumble de nueces), ambas $130; los scones dulces y salados, de diferentes sabores ($70); la hamburguesa con acompañamiento a elección ($250) y las ensaladas con kale (desde $245). "La idea era tener una carta diurna, apuntando a diferentes públicos. Por ejemplo, una variedad de desayunos. Luego, ensaladas, sándwiches, sopas, tartas e incorporamos algunos platos calientes. A la tarde, tenemos pastelería, té y café". La ecuación funciona bien.
Holmberg 2464, CABA / Lunes a viernes de 8 a 22, sábado y domingo de 9 a 22 / ninina.com.ar
ACHE DELUGO
Ache Delugo. Foto: Brando / Xavier Martín
La pareja de Laura Tocalini y Esteban Picky Orsi tomó la decisión de hacer un cambio y reinventar su vida laboral. Ella es diseñadora y él camarógrafo del noticiero de Canal 9, pero juntos decidieron apostar por un proyecto gastronómico familiar. En un principio, pensaron en invertir en una franquicia, pero después se arrepintieron. Aunque por unos meses se olvidaron del asunto, la idea volvió a ser prioridad el día que Picky encontró en alquiler una vieja fábrica, en Sucre y Donado. Llamó a la inmobiliaria y, al día siguiente, fueron los primeros en la lista. Con solo ingresar al lugar se enamoraron de esa esquina un poco derruida, pero la visualizaron como ideal para instalar una rotisería y restaurante.
Después de varios meses de obra -en los que cambiaron aberturas, hicieron paredes y se ocuparon personalmente de la decoración-, abrieron el local en marzo de este año. Para el arranque, los ayudó con el armado de la carta, las recetas y el funcionamiento de la cocina el chef Gustavo Escobar, un cocinero de experiencia en Café des Arts del Malba, La Bourgogne y La Table de Jean Paul. "Formamos un equipo, en conjunto hicimos el menú y pusimos en exhibición una oferta de platos take away para llegar a un público que pueda probar nuestra cocina sin tener que sentarse a comer", explica Laura.
Ache Delugo. Foto: Brando / Xavier Martín
Aunque el negocio lleva poco tiempo abierto, Ache Delugo ya tiene sus fans y algunos hits entre sus platos, como la provoleta ahumada con pesto de tomate ($160), la bondiola con salsa de cerveza negra ($230), las ribs con papas cuña y ensalada coleslaw ($280) y el risotto de quinoa ($200). Todos muy sabrosos. "También tenemos un plato oriental como las milanesas tonkatsu, las empanadas indias samosas y brochettes de pollo teriyaki", completa Laura. Para beber hay vinos, cerveza artesanal, limonadas y una curiosidad: una gaseosa de quinoa. En el salón, se pueden pedir dos propuestas muy ricas de la rotisería: el guiso de lentejas y el pastel de papas. "Son platos que nos gustan o que sabemos preparar; pero al leer la carta no hay un hilo conductor salvo la guía de entradas, principales, ensaladas, sándwiches, postres y un menú infantil", explica Laura.
El sol pega sobre los ventanales de la calle Sucre, por eso Picky ya encargó los toldos protectores. En la calle ponen, los fines de semana, mesas comunitarias que los vecinos enseguida ocuparon en esos días de invierno primaveral pasados.
Donado 1898, CABA / 4522-5771 / Martes a domingo, de 11 a 24 / Instagram: @achedelugo
EL BOHEMIO
El Bohemio. Foto: Brando / Xavier Martín
A los 20, Carla Porto se puso un traje de neoprene y nadó en las aguas del Río de la Plata para dar el examen de guardavidas. Después hizo el instructorado de natación, a continuación la carrera de nutricionista y casi a los 40 se puso la chaqueta de cocinera y se inscribió en The Bue Trainers para estudiar gastronomía. La siguió el equipo de cocina de su café y restaurante de barrio que es El Bohemio, el primero que abrió en esta zona, en 2014, frente a los terrenos donde se construirían las nuevas edificaciones.
"Hace cuatro años, cuando con mi marido nos enteramos de que estaban subastando los terrenos, imaginamos que había un potencial negocio. Eso coincidió con la posibilidad de hacernos cargo de una casa familiar que estaba abandonada y decidimos arreglarla", explica Carla. De la casona original quedaron la fachada, las aberturas, los techos altos y un vitral.
En un inicio, la idea fue ofrecer platos saludables. "Pero los pedidos de los clientes nos fueron llevando hacia una cocina más de bodegón: pastas, bife de chorizo, milanesa con papas fritas. De todos modos, conservamos la idea de que la preparación fuera casera, cuidamos el porcentaje de grasas en los platos y no usamos productos industriales para cocinar", explica Carla. Así lograron recetas con el espíritu de la cocina de las mamás y las abuelas de antaño. Eso fue lo que le dijo un cliente al cocinero chaqueño Adrián Gutiérrez, por ejemplo, cuando probó el lomo salteado con spaetzle.
El Bohemio. Foto: Brando / Xavier Martín
Otra sorpresa para Carla fue que sus primeros clientes fueran, además de vecinos, trabajadores de pequeñas empresas y oficinas de los alrededores. Entonces, pensando en ellos, elaboró dos menús de mediodía: El Laburante (un plato del día con bebida, $110) y El Bohemio ($135, con café). Para almorzar y cenar, los platos fuertes son las carnes y las pastas. Dos recomendados: el bife de chorizo ($205) y los sorrentinos de jamón y queso ($165). También ofrecen ensaladas y sándwiches. Entre las primeras, la más pedida es la Crujiente (de hojas verdes, repollo, pollo grillado, queso pategrás y panceta ahumada, $138) y, entre los segundos, el Croque Madame, un clásico francés, con queso de máquina (en vez de gruyère), jamón cocido, huevo poché y salsa bechamel ($125). El lugar, además, ofrece desayunos y meriendas. La próxima meta del equipo de Carla es obtener su diploma de cocineros. A fin de año se los entregará el chef Diego Gera.
Donado 1802, CABA / 4521-3157 / Lunes a sábado, de 9 a 24 domingo, de 9 a 21 / Facebook: elbohemiocafe
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Un exclusivo picnic de punta en blanco sorprendió en la noche de Puerto Madero
La idea, que nació en París y se hace en más de 70 ciudades, llegó a Buenos Aires el fin de semana.
La postal sorprendió a los que estaban paseando, ejercitando o simplemente circulando por Puerto Madero. Faltaba poquito para las 19 y por Juana Manso, Olga Cossettini y Aimé Painé empezaron a asomar filas y filas de gente de blanco que completaban su recorrido en busca de una locación que todavía era secreta. ¿El destino? La primera edición local de Le Dîner en Blanc, el picnic très chic que agita los circuitos más exclusivos. Se trata de un evento pop up que nació en París hace casi 30 años, se celebra en más de 70 ciudades y gana fanáticos entre los amantes del universo experiencias + gastronomía + glamour. El cruce con un grupo de patinadores en la esquina de Azucena Villaflor marcaba el clima del encuentro: al final, unos y otros estaban haciendo eso que les producía más disfrute.
El encuentro se conoce en el mundo como Le Diner en Blanc. El lugar se mantiene en secreto hasta el final. El sábado se hizo frente el Hotel Faena. Foto: Martín Bonetto.
Para muchos de los participantes los preparativos empezaron hace más de un mes, cuando empezaron a circular las invitaciones. En la primera fase, contactos, amigos y conocidos de los organizadores locales –Maia Naon, Nicolás Francisquelo y Jimena Suárez-, después los recomendados o invitados por los que ya estaban inscriptos y por último una fase abierta al público. Todos pagaron una membresía de 49 dólares y se entregaron a la (gran) lista de requisitos del evento: vestimenta de rigurosísimo blanco de pies a cabeza (bien recibidos los sombreros, antifaces, accesorios y afines); mesa con medidas establecidas, sillas blancas y vajilla buena (nada de plástico o descartables); comida y bebidas (también gourmet y solo se podía llevar vino, champagne, agua o soda; nada de gaseosas, aperitivos o cervezas). Todo esto en canastas blancas, por supuesto. (También estaba la opción de alquilar/comprar con anticipación a los organizadores distintas opciones de menú con Martini Prosecco o Martini Asti).
El encuentro se conoce en el mundo como Le Diner en Blanc. El lugar se mantiene en secreto hasta el final. El sábado se hizo frente el Hotel Faena. Foto: Martín Bonetto.
El predio elegido para el debut en Buenos Aires fue en Oceana Puerto Madero, ubicado frente al Faena Hotel Buenos Aires. Para mantener el secreto hasta el final, los invitados fueron citados en siete puntos de encuentro diferentes a las 17.30 y el traslado se hizo en micro.
Graciela y Guillermo fueron de los primeros en llegar a la plaza Parques Nacionales Argentinos, en Sucre y Alcorta. “Me enteré por American Express Platinum e hice todo a escondidas porque quería darle la sorpresa”, cuenta ella. Fue difícil la parte de convencerlo de que se tenía que comprar un saco y unos zapatos blancos. “Fue insistir e insistir, hace un mes que vengo insistiendo y comprando el resto de las cosas porque las instrucciones eran muy precisas y quería cumplir con todo. Trajimos champagne blanco, por supuesto, ya frío y en una frapera con hielo y copas. Los platos blancos, copas de cristal, todo. Alquilé mesa y sillas y compré el picnic porque era demasiado”, avanza. ¿Por qué? “Me divierte porque es exclusivo, porque es la primera vez que llega al país y quería ser parte. Y disfruté un montón mirando en la web las fotos de otros lugares del mundo, Montreal, Tokio, París, me encantó”, apunta.
El encuentro se conoce en el mundo como Le Diner en Blanc. El lugar se mantiene en secreto hasta el final. El sábado se hizo frente el Hotel Faena. Foto: Martín Bonetto.
Divertidísimos, Tita y Rolo se destacaban con su combo de sombrero blanco, peluca plateada, antifaces y guantes. “Nos gusta ir a eventos así alrededor del mundo. Hace dos meses estuvimos en Glyndebourne, un picnic con ópera muy tradicional que se hace en las afueras de la campiña inglesa, y vamos buscando alternativas”, cuenta ella. La organización fue un poco complicada porque este fin de semana les tocó mudanza, pero encontraron la vuelta para llegar a horario y con la canasta repleta de cosas ricas.
También Vanesa y Sasha, super elegantes de largo y el contraste de los accesorios y detalles como los labiales rojo y uva. “Veníamos siguiendo el evento y cuando nos enteramos de que se hacía acá nos anotamos. Preparamos una entrada con unos hongos y ensaladas, en el primer plato un arrollado de masa philo, es todo muy gourmet, sí. El look fue un poco difícil para la época del año, en veranito quizás utilizás más blanco. Nos gusta esto de que sea secreto, de todavía no saber a donde vamos, la elegancia, el ritual. Y divertirnos”, compartieron.
El encuentro se conoce en el mundo como Le Diner en Blanc. El lugar se mantiene en secreto hasta el final. El sábado se hizo frente el Hotel Faena. Foto: Martín Bonetto.
Ya en el predio, cada uno acomodó su mesa en largas filas. Con gran camaradería, los que tenían manos libres ayudaban a los que estaban desbordados entre canastas, mesas, manteles y sillas plegables. Muchos llevaron floreros, velas (eléctricas, el fuego no estaba permitido), decoración y otros detalles. Alrededor de las 20 las servilletas en alto marcaron el inicio del banquete y después llegó el turno del baile. Puro disfrute entre amigos con la postal preciosa de Buenos Aires como decorado.
Un verdadero lujo, en el sentido amplio del término.
El evento
Le Dîner en Blanc nació en París en 1988. François Pasquier había regresado a su ciudad natal después de haber pasado unos años viviendo en el exterior y quería reencontrarse con sus conocidos. Le pidió a cada uno que llevara un amigo y como eran tantos invitados, decidieron hacer el encuentro en el Bois de Boulogne (un gran parque público) e ir todos vestidos de blanco para reconocerse. Entre los invitados famosos estuvieron Alan Faena, Marcela Tinayre, Nicolás Repetto, Mauricio D'Alessandro y María Freytes.
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